Ruta 3… ¡allá vamos!

 

El día 11 de Octubre amanecimos a las 7 de la matina.

 

Luego del desayuno familiar con el primo de Wa, fuimos a un kiosco donde finalmente conseguimos la dichosa tarjeta SUBE, con la cual, rato después nos subimos a un subte que nos dejó cerca de la estación de tren, en donde a las 09:54 nos tomamos dicho vehiculo, para bajarnos una hora de después y tomarnos un segundo tren.

 

Me llamó poderosamente la atención, a la vez que me reconfortó ver que siempre hay algo (o alguien) diferente en todos los rincones del mundo.

 

 

Dejando atrás la estación de tren

 

Unos minutos luego del mediodía arribábamos en un pueblito súper chiquito llamado Cañuelas (si, como el harina… ¿o el harina se llama como el pueblito?)

 

Faltaba la bola de paja pasando por el camino

 

El pueblo era bastante desolado, con muchos ranchitos precarios, sin veredas, y con únicamente caminos de tierra. Caminamos un poco, nos perdimos otro poquito, preguntamos el camino a unos viejitos que charlaban en la vereda, hasta llegar a una estación de servicio que al costado tenía mucho pasto y árboles Sauce Llorón, del cual contra su tronco nos sentamos a comer.

 

Detrás de una cortina natural

 

¿Comer? ¿Comieron bien esta vez? ¿Comida de verdad?

 

Bueno, la verdad es que si, la tía de Wa nos había dado dos señoras tortugas gigantes antes de irnos de su casa, y en la estación de Subte compramos unas fetas de paleta (el fiambre más barato del mundo), así que con eso ya podíamos apechugar el hambre en donde sea.

 

Fue muy lindo comer allí porque las hojas colgantes del Sauce Llorón nos oficiaban un poco de cortina que nos hacía sentir de alguna manera camuflados entre la naturaleza. La verdad es que de camuflaje no teníamos nada, pero déjenme soñar.

 

Panza llena corazón contento. Luego de este hermoso ritual, nos pusimos a caminar, por vez primera, por la que sería nuestra gran compañera de viaje por aproximadamente 3000 kms… la cuasi infinita Ruta 3.

 

Extendimos el pulgar a las 13:47 hs y el primer camión que nos levantó fue… ¡a las 13:47 hs!

 

No, no leíste mal… en cuestión de segundos de haber empezado a hacer dedo,  ya estábamos cómodamente ubicados en la cabina de un camión rumbo a Flores.

 

Fue un trayecto corto, pero útil de todas formas. Solo 15 minutos después de haber bajado en Flores, ya estábamos arriba de otro camión, con un señor oriundo de Misiones, pero que vive en Buenos Aires y estaba sumamente avergonzado de su país por su situación social y política, según el.

Yo en este tema no pincho ni corto, pero Wa habló muy animosamente con el durante todo el viaje.

 

Casi 2 horas mas tarde arribamos en otro pueblo llamado Azul (♫ porque este amor es Azul como el mar aaazul ♪… ah, no…).

 

Nuevamente, 15 minutos tuvieron que pasar para estar nuevamente a bordo de otro coloso de los caminos, y esta vez era uno muy moderno, y su chofer… el primer personaje ciertamente memorable del viaje hasta ahora.

 

El señor era de Tucumán, así que ya de por si tenía un acento bastante característico. Fue el viaje en camión más divertido que tuvimos en la vida.

 

El Tucu, como le gustaba que lo llamaran, era algo así como el doble de Landrisina. Nos mantuvo todo el viaje entretenidos con sus anécdotas de velorios, en el camión, en infinidad de situaciones que nos hicieron descostillarnos de risa. Tenía un alma de stand-up impresionante, yo creo que cualquier cosa que el decía se transformaba automáticamente en chiste.

 

Con el finalmente comprendí el significado de la palabra VAGO por estos lares… les cuento: ya nos había empezado a pasar desde el camionero anterior, que notábamos que cuando nos hablaba decía por ejemplo “si porque el vago hizo tal cosa” o “el vago no quería tal otra” y siempre era “el vago esto” o “el vago aquello” y yo por dentro pensaba “pero pucha, ¿son todos vagos acá? ¿Será que se refieren a gente desempleada o muy decaída de ánimos?”.

Aún así, como no me parecía un dato relevante, nunca pregunté nada al respecto.

Pero con el Tucu me quedó claro que por aquellos lares, es común usar la palabra VAGO para referirse a alguien… es como quien dice “tipo” o “ese hombre/esa mujer”. o “tío” en España por ejemplo.

 

Les cuento una anécdota de esas bien pavas, bien cualquiera, o sea, bien mías.

 

Vale la aclaración primero, que una de las primeras cosas que nos dijo el tipo cuando subímos a su camión, fue que el era oriundo de Tucumán.

 

Bien, prosigamos.

 

El momento en el que nosotros nos enteramos de su apodo (Tucu) es cuando nos dice que lo agendemos en el celular, es decir, luego de pasarnos su teléfono le dice a mi novio:

 

-Pone Tucu si querés, acá todos me conocen así

Y yo, súper inteligente y atenta como siempre, le digo:

-¿Por qué Tucu? ¿Te gusta mucho el tuco?-

 A lo cual el tipo me queda mirando fijamente por unos segundos (se vé que no podía creer mi lentitud) y me dice

-Tucu… por Tucumán… porque soy de Tucumán.

 

Ok, ya estoy acostumbrada a estos impulsos de inteligencia que me dan. Es natural la cosa. No me envidien.

 

Sobre las 19:30, después de un buen rato cargado de risas y muchas anécdotas, paramos en una estación de servicio, donde el nos presta una taza térmica suya, y nos prepara café con galletitas. El también era un amante de esta bebida extraída de las entrañas del Olimpo.

 

Café en mano y todo, seguimos viaje a bordo del moderno camión.

 

Como se había venido la noche, el Tucu me enseñó como manejar las luces de mi lado (yo iba sentada en el asiento del acompañante y Wa iba sentado en la camita que está atrás de los asientos, entre medio del chofer y yo). Claro, acostumbrada hasta ahora a camiones un tanto añejos (sobre todo en Uruguay) el camión del Tucu parecía una nave extraterrestre.

 

Las luces eran regulables, podía ponerle la intensidad que quisiera y la dirección, con uno de los tantos botoncitos ubicados en las puertas.

El Tucu entusiasmado ante mi asombro, cual si fuera yo una cavernícola adentro de un auto, nos mostró algunas funcionalidades más de su camión espacial.

 

El tiempo siguió pasando, entre risas y charlas. En algún momento el tema se tornó más melancólico, contándonos sobre su familia, pero duró poco, siempre predominaba el humor con este simpático camionero.

 

En un momento tuvimos que tirarnos cuerpo a tierra (¿o cuerpo a camión?) cuando pasamos una parte donde nos pararon los policías, y había cámaras, para que no nos vieran, ya que por la carga que el llevaba no puede llevar acompañantes ajenos a la empresa.

 

Rato después, cuando ya era noche cerrada, empezamos a ver las luces de Bahía Blanca.

 

El Tucu se desvió del camino y tomó la vieja Ruta 3, que si bien no estaba cerrada, se había dejado de usar cuando habían hecho la parte nueva. El asunto es que si íbamos a esas horas, por la Ruta 3 nueva (la normal digamos, o sea, si seguíamos derecho) podía llegar a ser peligroso por los hombres lobo…

 

No en serio, podía ser peligroso porque en la periferia de Bahía Blanca, siguiendo por esa ruta, había barrios de bajos recursos, los cuales eran peligrosos incluso para los camioneros a altas horas de la noche. Nos contó el Tucu que a compañeros de el los habían apedreado para obligarlos a bajarse, y de esa forma, robarles.

En cambio, yendo por la ruta 3 vieja, esquivábamos esa parte.

 

Ahora que lo pienso, quizás fue ese el motivo por el cual no cerraron esa entrada.

 

Ahora claro, no habrán David´s que tiren piedras en el camino, pero no estaba tan errada respecto a los hombres lobo… ese camino era realmente tétrico, además de tener una superficie sumamente agujereada, lo que nos hizo ir a los saltos.

 

La tétrica parte vieja de la Ruta 3

 

La vieja ruta 3 parecía sacada de una película de terror, solo se veía lo que las luces del camión llegaban a iluminar, y más allá de eso, la mas densa oscuridad. Y obviamente, descampado a ambos lados, atrás y adelante.

 

Sobre la medianoche, nos bajamos definitivamente en la estación de servicio de Bahía Blanca.

 

Probablemente esta fue la primer despedida difícil con un camionero… nos dio pena tener que dejar al Tucu, y quiero creer que a el le hubiera gustado también seguir un poco más con nosotros.

 

El Tucu resultó ser una de esas personas que te dan más ganas de seguir viajando para conocer a más gente como el. Uno más de los que reafirma la teoría: la mayoría de la gente no es mala, como nos quieren hacer creer.

 

En el mini-market-restaurante de la estación, decidimos parar para comer algo. Como nuestro presupuesto es muy acotado (porque nos propusimos ese objetivo) pedimos una promoción de un capuchino con una medialuna y un juguito de 200 ml.

La idea era compartirlo, pero cuando nos avisan que está pronto, nos dan dos bandejas… con todo doble, es decir, 2 capuchinos, 2 medialunas, nos dijeron que agarrásemos dos juguitos de la heladera…
Por un momento pensé que les habíamos dado lástima y nos habían regalado un combo, pero no, la cosa es que cuando le pedí una promoción a la cajera, me entendió como que quería una para cada uno. Se ve que no es muy común ver gente con tanto afán de ahorro como para compartir una taza de capuchino por aquellos lados.

 

En fin, ya está. Pagamos el elevadísimo costo que no pensábamos gastar, y ya estábamos pensando en comer solo una barrita de cereal al otro día para reponer gastos.

 

Pensámos:

-Bueno… ¡al menos tenemos wifi acá! ¡Podemos aprovechar a subir algún post, o buscar couchsurfers!

 

Nada más lejos de la realidad.

 

El wifi del lugar no funcionaba.

 

Así que nos quedamos ahí un rato, comiendo una medialuna de oro, mirando la ruedita de Windows girar, intentando conectarse a una red Wifi que nunca pudo conquistar porque tenía contraseña, y el guardia del minimarket nos dijo que la de ellos directamente no estaba funcionando.

 

 

 

Luego de pedir permiso en la estación para armar la carpa allí, fuimos al fondo donde habían unos parrilleros y unos tachos de basura enormes, y como pudimos pinchamos la carpa en esa tierrita húmeda (había estado lloviendo) y nos dispusimos a descansar.

 

Esa noche si, no se bien cómo ni por qué, pero dormimos bien.

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