El camionero fugitivo y el camionero desconfiado

 

El miércoles 12 amanecimos sobre las 8 de la mañana.

Después de los procedimientos habituales de desarmar la carpa, ir al baño de la estación y demás, decidimos enfrentar la Ruta 3, la nueva, la oficial.

 

Al costado de la ruta con el pulgar en alto, esta vez tuvimos que esperar bastante… cerca de 1 hora fue lo que nos tomó que nos levantara un camionero que no hablaba mucho pero divertía el viaje con una selección muy variada de música. Escuchamos desde cumbia, pasando por folklore y rock (en español y en inglés).

 

Luego de unas 2 horas y media de viaje, nos deja en una estación de servicio, y planeamos algo: la idea era que el iba, descargaba lo que llevaba en el camión (a donde no podíamos ir nosotros) y luego pasaba de nuevo por la estación y nos llevaba nuevamente por la Ruta 3. Nos dejó su número de celular por cualquier posible percance, y asegurándonos que no iba a demorar más de 1 hora, se fue.

 

Yo aproveché a darme una ducha, la primera ducha de estación de servicio en mi vida.

No estuvo nada mal, el baño era amplio y cómodo, y la ducha tenía una puerta donde, además del lluvero, había una mesita y una silla para apoyar la ropa. El único percance que tuve fue un niño que quería mirar a quien se estaba bañando, asomándose debajo de la puerta de la ducha… ¡prematuros los niños de hoy, que lo tiró!

 

 

Lavando la ropa en la conveniente pileta, afuera de la estación.

 

El tiempo siguió pasando y decidimos comprar 2 jugos de sobre en la estación sólo para pedir la contraseña del wifi y así buscar Host en Couchsurfing.

 

Buscando… buscando…

 

 

Pero el tiempo pasó más de lo esperado, y sobre las 15 hs, y habiendo intercambiado ya alguna llamada con el camionero, el cual nos decía que se había demorado, decidimos seguir viaje, y comenzar a hacer dedo nuevamente (avisándole antes a el, para que no nos pasara a buscar, claro).

 

Solo nos tomó 20 minutos conseguir a alguien que se apiadara de nosotros.

El viaje fue corto, pero nos acercó un poquito más a nuestro destino.

 

Y entonces, la desolación.

 

Falta la pelotita de paja pasando.

 

 

El camionero nos dejó en un cruce de rutas desierto. No había casi vegetación, apenas un camión estacionado (suponemos que dentro había gente durmiendo) y un cartel enorme de chapa, destartalado.

Caminamos un poco para tomar la ruta 251, que era una de las que cruzaba la ruta 3, ya que nos habían aconsejado cortar por allí en esa parte del camino.

 

Luchando para no volarnos contra el viento extremadamente fuerte que había en aquella zona, aprovechamos para sacar alguna foto en la soledad de la ruta, y filmar algún video que no se llegó a escuchar nada.

 

Es genial la sensación de libertad cuando podés quedarte en el medio de la calle como si nada porque total…

 

 

A los 20 minutos, nos levanta un camionero con rasgos mexicanos.

Al principio no nos dio mucha confianza porque hablaba como si estuviese borracho, a pesar de que no despedía ningún aroma sospechoso. Pero nuestras dudas (malditos prejuicios) se disiparon rápidamente cuando el señor nos empezó a contar muchas cosas.

 

Nos contó historias y nos fue enseñando cosas en el camino, pero una de las que más nos impactó fue la historia de la Difunta Correa.

Esto vino a cuento cuando pasámos por un lugar de la ruta, donde a su costado podía verse un nicho, de estos que se hacen para rendir culto a un santo, y a su alrededor cientas de botellas de todo tipo y color.

 

¿Quién es la Difunta Correa?

 

El camionero nos explicó que la Difunta Correa era una leyenda, que se supone fue una historia cierta y hoy por hoy es venerada como si fuera una Santa: se cuenta que hace mucho tiempo, al marido de Deolinda Correa se lo obligó a participar en la guerra civil. Al poco tiempo, su esposa, no conforme con esto, decide seguir los pasos de su marido para ir a buscarlo, cargando a su hijo, un bebito de pecho.

Pero cuando los suministros de comida y agua se terminaron, Deolinda falleció, principalmente de sed, bajo un árbol. No así su hijo, quien fue encontrado al otro día por gente que pasaba por el lugar. El bebé había sobrevivido alimentándose del pecho de su madre, quien había muerto sosteniéndolo fuertemente contra ella.

Es por esto, que en el pequeño santuario que encontramos sobre la ruta, la gente deja botellas de agua.

 

No fue la única historia que nos contó, pero esta fue la que más se grabó en nuestras mentes.

 

Unas 2 horas y algo de viaje nos llevaron a un pueblito llamado “San Antonio Oeste” donde el camionero detuvo el vehículo y bajó a comprarse comida, mientras nosotros caminábamos alrededor con el celular en alto al mejor estilo Rey León, tratando de conseguir Wi-Fi… misión que resultó ser totalmente fallida. En la estación de San Antonio Oeste no había señal de wifi que sirviera.

 

Cuando vuelve el señor camionero, subimos nuevamente, y para nuestra sorpresa, él nos convida con la mitad de su almuerzo, una magnífica milanesa al pan calentita, con lechuga y tomate, y un par de vasos de Coca Cola.

Al principio no quisimos aceptar… ¡nos daba cosa sacarle el almuerzo al pobre hombre! Pero nos insistió tanto diciéndonos “¡no tengan vergüenza!” que al final tuvimos que ceder.

 

Seguimos viaje, riéndonos y escuchando encantados las historias que el camionero tenía para contarnos.

 

Un desierto no tiene por qué estar necesariamente lleno de arena.

 

 

Nos mostró hojas de Coca, y el formato en que se compraba. Nunca creí que fuera así… un paquete grande envuelto, como del tamaño de un rollo de papel higiénico, y allí venían las hojas todas apelotonadas. Entonces la idea era sacar un cachito y masticarlas.

Aparentemente, eso los mantenía despiertos y de alguna manera entretenidos.

Me dio un pedacito pero solo mastiqué un poco. Su sabor no me pareció agradable.

También nos mostró un polvito verde que el usaba para endulzar, que reconocí como Estevia. Esta si que la conocía.

 

Si bien todo esto suena a una clase particular de drogas (hojas de Coca y polvitos extraños) todo era 100% natural y no tenía nada que ver con alucinógenos, mi nuevo amigo el elefante rosado y yo se lo juramos.

Nah, en serio.

 

Sobre las 21 hs llegamos a un pueblo, “Sierra Grande”, donde el camionero se detiene en la estación de servicio para ir al baño. El, nos dijo, iba a averiguar si donde debía descargar el camión estaban controlando o no… si estaban controlando, no podíamos seguir viajando con el, pero sino, el nos avisaba y seguíamos durante algunos kilómetros más en su camión. Mientras el averiguaba llamando por celular a su compañero camionero que iba un poco más adelantado, nosotros entraríamos a la estación a comprar unos chicles y pedir de paso la contraseña del WiFi, ya que necesitábamos consultar Counchsurfing para ver si algún Host nos habría confirmado. Ok, hasta acá todo bien.

 

Pero pasó algo muy raro.

 

Entramos al autoservicio, pedimos los chicles, y nos sentamos en una de las mesitas que daban sobre el vidrio, donde podíamos ver en primera plana el camión, y con las mochilas y todo en el suelo nos ponemos a revisar Couchsurfing.

De repente el camionero entra, compra unos cigarrillos, y sale del autoservice. No nos dirige ni una mirada.

Ok, nos quedamos esperando, suponíamos que iba a volver al baño, o que se iba a quedar un rato fumando antes de avisarnos si seguir con el o no. En todo momento estamos atentos al camión, por si nos hacía señas desde afuera para que volviéramos a subir, o aunque sea que nos acercáramos para avisarnos que no nos podía llevar.

 

El caso es que de repente, se sube al camión, y arranca. Lo vemos desaparecer en la ruta, y pensamos “ok, capaz fue a dar la vuelta o algo”.

 

Los minutos pasaban y no volvía.

 

Nuestra cabeza comenzó a maquinar cosas, porque se había dado la casualidad (¿casualidad?) que lo último que nos había contado el camionero antes de bajarnos en la estación, fue que una vez, en esa misma calle donde estábamos en ese momento, el había atropellado a una persona y la había matado. Cuando le pedimos más detalles, nos dejó con un simple “ahora después le cuento bien”. Esa fue la última anécdota que este entretenido y enigmático camionero nos brindó.

¿Le habrá dado miedo habernos confesado eso y por eso nos abandonó?

 

Decidimos descartar esa posibilidad, que atribuimos no más que a nuestra mente demasiado imaginativa y llena de tramas de películas y novelas.

Nos llevó más de 15 minutos darnos cuenta que ya no iba a volver, y con la incertidumbre a flor de piel a las 21:30 hs, y dado que ya era demasiado de noche para hacer dedo, nos pusimos a preguntar a los camioneros que estaban estacionados alrededor, si podían alcanzarnos hasta Puerto Madryn, que es donde ya habíamos coordinado con nuestro primer Host de Couchsurfing para quedarnos en su hogar.

 

Todos nos decían que no. O que no iban para ese lado, o que no nos podían llevar.

 

Cruzamos hacia el frente, donde había otra estación de servicio y la historia se repetía.

Ya sintiendo la derrota en los huesos, comenzamos a volver a la estación de servicio donde estábamos antes, planeando quedarnos un rato, preguntando a los camiones que llegaran, y si se hacía tarde, lamentablemente tendríamos que dormir allí y comunicar a nuestro Host que no llegaríamos a tiempo.

 

Pero, como suele suceder, el destino se presenta para ayudarnos, y cuando estábamos casi rendidos, un camionero que salía de la estación de servicio nos llama.

Al acercarnos, un señor de no menos de 65 años, saca la cabeza por la ventana, allá en lo alto de la cabina, y nos pregunta con autoridad:

 

–¿No llevan nada raro ahí no? –haciendo un ademán con la cabeza que señalaba nuestras mochilas.

 

Le explicamos que no, que no llevamos ningún tipo de droga, ni siquiera cigarros, y todavía a medio convencer nos invita a subir.

 

Cuando subimos, nos cuenta que le ha pasado de levantar a gente que lleva marihuana y después si la policía los para se le arma a el. En realidad, tiene razón, pero no era nuestro caso.

 

Este camionero, que resultó ser un boliviano que no paraba de mascar coca, y todo su camión (bastante desordenado y sucio, dicho sea de paso) olía a este yuyo, se notaba bastante desconfiado y no paraba de hacernos preguntas sobre nuestras vidas. No terminábamos de responder una cuando ya nos estaba haciendo otra… que dónde trabajábamos, que si somos pareja, que para dónde vamos, que cuándo salimos, que por qué tenía el pelo celeste, que si mi color real era rubio o marrón, etc…

 

Aliviados, sobre las 23:30 hs llegamos a la estación de servicio de Puerto Madryn llamada “El Tenaz”. La verdad es que el interrogatorio nos incomodaba un poco… es normal que nos pregunten sobre esta forma de viajar, o sobre nosotros, ya que es una forma de vida que causa curiosidad, y eso es perfectamente entendible, y no nos ofende, pero este no era un interrogatorio común y corriente, con ánimos de entretener el viaje y echarnos unas risas, sino más bien de una persona que no confiaba demasiado en la parejita que había levantado, e intentaba encontrar algo sospechoso para satisfacer su recelo.

 

Al final, cuando llegamos a la estación, el camionero nos pide el teléfono de nuestro Host de Couchsurfing (obviamente tuvimos que explicarle cómo funcionaba eso) y lo llama el mismo con su celular. ¡Y habla el! Le explica que es el camionero que nos llevó hasta allí, y me pasa el celular para que coordine con él.

No sé si interpretar esto como un gran favor que nos hizo o como forma de convencerse de que realmente no estábamos en nada raro.

Luego de esto, nos bajamos, y el camionero sigue su camino.

 

Arreglamos con Germán, nuestro Host, quien nos pasaría a buscar por la estación de servicio en su auto luego de transportar a unas personas que levantó en el aeropuerto (que estaba bastante cerca de la estación).

 

Antes de media hora ya íbamos en el auto de nuestro primer Host, y sobre la medianoche llegamos a su casa.

 

Descorcha una botella de vino y nos convida con una copa a cada uno (que después se multiplicó a 2) y nos ponemos a hablar de todo un poco… de nuestro viaje, de viajes suyos, y sobre todo de música. Nos muestra algunos videclip que le gustan y yo le muestro los videos de yodel, ante los cuales el pobre no sabía si reírse o llorar… creo que no quería herir mis sentimientos. Igual, como es inevitable, la risa sucumbió ante el miedo y todos terminamos riéndonos.

Cuando decidimos que ya teníamos sueño (y que el vino había pegado un poco) nos da una llave, y nos lleva mediante unas escaleras exteriores, a la azotea, donde había un cuarto grande, con una tele, un perchero, mesitas de luz y una espléndida cama de 2 plazas con sábanas y acolchados.

 

El sommier nos hacía ojitos, ¿cómo defraudarlo?

 

 

Nos explica que es el cuarto de su hijo pero que se fue a estudiar a Chicago, entonces mientras el no está, lo utiliza para dejar dormir a viajeros de Couchsurfing como nosotros. El único inconveniente, nos explica, es que si queremos ir al baño tenemos que bajar por el patio, entrar en la casa, y usar el baño de la casa.

 

Esa noche, caímos muertos en la hermosa comodidad de ese sommier enorme.

 

 

 

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2 Comments
  1. matto

    .. BO, no te la agarres con el viejo desconfiado, por algo los llevó, algo confió. Sino ni ayrton los llevaba. Seguro lo cagaron muchas veces otros jóvenes con aparente apariencia inocente.

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