Fantasías de Coca Cola

 

Nos levantamos temprano, desayunamos y lavamos los platos de la noche anterior.

Nuestro anfitrión Maxi se levantó unas 2 horas luego, y nos despedimos rápidamente porque no queríamos demorar mucho en salir, para aprovechar la luz del sol en la ruta.

Nos llevó unos 6 kms de caminata encontrar un lugar idóneo para hacer dedo, lo más alejado posible de la gran ciudad.

Media hora luego de levantar el pulgar, un auto beige se detiene, y un simpático señor con marcado acento chileno nos invita a subir.

Nos cuenta que el fue mochilero, y cuando esperaba en la ruta siempre se decía a sí mismo que si alguna vez se establecía y se compraba auto, iba a levantar a toda la gente que viera haciendo dedo al costado del camino. Años después, ahí estaba el, cumpliendo su promesa. Simpatiquísimo el chileno, de esas personas que de entrada te caen bien, y cuando abren la boca te caen todavía mejor.

Nos dejó en Caleta Olivia, y si bien habia una estación de servicio cerca, la zona era bastante desolada y pasaba un vehículo (mayormente camiones) cada muerto un obispo.

Fue acá donde nuestros espejismos mentales comenzaron…

Entre la espera, el ambiente desértico, nuestra meta austera de gastar sólo lo básico y necesario, y la ventolera que corría, empezamos a delirar y a fantasear… fantasear con algo en específico: Coca-Cola. Y no, esto no es patrocinado por ningún oso polar chupeteando del pico de una botella de vidrio, ni nada por el estilo.

Simplemente nos estaban entrando unas ganas enormes de tomar una Coca-Cola, y como la idea era probar que se puede viajar con super poquita plata, este lujo no estaba permitido. Ya bastante lujo es tomarse una Coca Cola haciendo vida de ciudadano laborioso, imagínense viajando con pocos dolares por día… prácticamente una utopía.

La fantasía pasó casi a la desesperación cuando vimos asomar a lo lejos un camión todo rojo… y mientras nos tirábamos prácticamente en el medio de la ruta, moviendo los brazitos como desaforados nos decíamos comentarios como “¡Que nos levante y nos haga ir nadando en el tanque de Coca!”.

 

Estábamos delirando, sí, fuimos conscientes de eso unos minutos después.

 

Aún así, esta situación nos hizo pensar como las cosas más sencillas o alcanzables en un día de rutina común y corriente (en una vida establecida) puede convertirse en un deseo tan grande en otra situación. Y también nos damos cuenta de cuán innecesarias son. No digo que no esté bien darse un gusto de vez en cuando, claro, pero el hecho de poder tenerlo –casi– cuando queramos lo convierte en algo más vacío.

A los 25 minutos de espera, para una camioneta y una señora nos pregunta hacia dónde íbamos. Lamentablemente, ella doblaba en una ruta próxima, mientras que nosotros teníamos que seguir derecho, así que continuamos estirando el pulgar.

 

 

Quince minutos luego, para un camión que seguía nuestro camino. El conductor nos cuenta que pensaba llegar hasta Río Gallegos (que era nuestra meta del día) y nos advirtió que teníamos para un rato largo si íbamos con el, no solo por la distancia sino porque además, como transportaba troncos, no podía ir a más de 80 kms por hora; obviamente que igual nos acomodamos en la cabina, no había apuro. El camionero no era de mucho hablar, pero algo conversamos, mientras le cebábamos mate.

Paramos en estaciones de servicio en dos ocasiones, aprovechando para ir al baño e incluso comprar un paquete de galletitas para compartir que hizo a su vez de pseudo-almuerzo.

También nos enteramos de las últimas noticias del pueblo… no, si yo te digo, qué diario local ni qué ocho cuartos, si con ir al baño de la estación de servicio ya alcanza. Dentro de poco empiezan a apuntar el clima para los próximos días en las paredes.

 

(Quién necesita un libro o una revistita para ir al baño, si podemos leer los chusmeríos del pueblo mientras aliviamos la vejiga o el colon…)

 

Y finalmente, sobre la 1 de la madrugada, llegamos a Rio Gallegos.

 

 

Como ya era muy tarde, pedimos para armar la carpa al costado de una estación de servicio. Nos dijeron que hablásemos con la gente de la caseta que estaba al fondo de la estación. Sin entender mucho qué cuernos era ese lugar, pero viendo sombras adentro, golpeamos la puerta, y se asomó un muchacho. Parece que ese era un lugar para que los camioneros pudieran pasar la noche, darse una ducha y descansar.

Simpática la idea.

Nos dijeron que ellos no tenían inconveniente en que armásemos la carpa allí en los alrededores, que había zonas con pasto y podíamos acomodarnos bien.

Conformes, armamos campamento, y mientras yo fui a comprar unos sándwiches a la estación de servicio, el guardia de seguridad se acerca a Wa y le dice que tendríamos que irnos antes de las 6:00 a.m.

Entre cosa y cosa, terminamos durmiéndonos sobre las 2 de la madrugada, sabiendo que no sería una larga noche de descanso, pero al menos, teníamos un lugar donde resguardarnos un poco del frío, que ya estaba comenzando a hacer acto de presencia, desde hacía unas horas.

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1 Comment
  1. matto

    BO Yoa ! Aguanten los sánguches en vez de los sandwiches ! Y aguante el término “desaforado” ! Es re química BO ! Seguro viene de ahí. Con un matraz desaforado no medís nada ! Aguante ponerle aforo a los tachos =) y andar desaforado por la vida =p

    TUMMA

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