¡Bienvenidos al principio de esta travesía!

 

Capaz que ya lo leíste por ahí, en esa barrita al costado de la página principal, justo abajo de nuestras caras, pero si no, te lo cuento ahora, que para eso estamos.

Después de un viaje piloto a dedo hasta Ushuaia en el año 2016, decidimos renunciar a nuestros respectivos trabajos para emprender un viaje por el mundo.

Ahorramos algo de plata, y manteniendo un presupuesto bastante austero (para que el viaje dure más) salimos a la ruta a conocer culturas, lugares, personas, fauna y flora de este basto planeta.

Nuestra primer meta es recorrer América Latina, con un presupuesto austero, sin itinerarios a largo plazo, sin fecha límite ni apuro, y tratando de evitar (salvo algunas excepciones) las grandes ciudades.

¿Parece imposible? Nah, vas a ver que se puede.

Viajamos a dedo, mayormente acampamos o nos quedamos en casas de extraños (que luego se convierten en conocidos y a veces en amigos) a través de la red social “Couchsurfing” o simplemente a través de la invitación desinteresada de algún buen samaritano. Los hostels son para excepciones o casos muy extremos.

En caso de ser necesario, tenemos medios de generar dinero “on the road” a través de la música, el arte,  la escritura, y el polifácetico internet.

Y hablando de internet, nos comunicamos conectándonos a wifi gratuitos en el camino o que nos presten en las casas que nos quedemos. También lo podemos utilizar como medio de generar dinero, y para publicar esto que estás leyendo ahora y de esta forma incentivar a otras personas que quieran hacer lo mismo, pero piensen que es imposible.

¿Querés saber cómo arrancó este viaje?

 

LA PARTIDA

 

Después de cálidas pero lastimeras despedidas, partimos aquel 25 de Julio de 2018 desde Montevideo al infinito y más allá… o hacia el resto de América Latina, de momento.

 

 

Una vez más, nos encontramos en la frontera Fray Bentos-Gualeguaychú, esperando que un alma caritativa sobre 4 ruedas nos cruzara al otro lado del Puente (si no entendés esta parte, te recomiendo leer…).

 

Nuevamente, nuestro ángel transportista fue una fémina. Ella trabajaba en la parte Aduanera de la frontera (tenía la tan odiada función de revisar los bolsos de la gente) y cruzaba de un país al otro todos los días.

 

Y SALIMOS DE NUESTRA PATRIA, UNA VEZ MÁS

 

Una vez del otro lado, empezamos a caminar por Gualeguaychú, con la lluvia repiqueteándonos en la cara y el barro bajo los pies, cuando escuchamos un grito: “¿los llevo?”. Un señor que estaba llegando tarde a su trabajo decidió que era una buena idea atrasarse un poco más con tal de salvarnos de la lluvia.

Nos subió a su auto, y llamó a su jefe para avisarle que iba a demorar un poquito más.

Nos dejó en una especie de parador, donde aprovechamos a acomodarnos en una mesa al lado de un calefactor y con conexión wifi. Acomodamos los petates frente al aire calentito para que se secara la ropa mojada y aprovechamos a enviar el reporte de nuestras primeras horas a familia y amigos. En caso que viniera el mozo, pensábamos pedir un café, solo para poder justificar nuestro uso de las instalaciones, pero se ve que en ese lugar tienen cierta clemencia con el viajero porque si bien los mozos nos pasaban por al lado, ni nos tomaron pedido ni nos echaron.

 

Haciendo apuntes necesarios.

 

Estuvimos casi dos horas esperando que la lluvia amainara un poquito, hasta que nos convencimos que eso no iba a pasar en un futuro cercano y nuevamente enfilamos hacia la ruta.

 

 

Levantando el dedito, uno siempre evita hacer dedo a taxis y buses (ómnibus, colectivos, micros, autobuses, como le digan en tu país) para no generar confusión y que luego nos quieran cobrar, así que cuando vimos venir un bus interdepartamental bajamos enseguida el pulgar; pero grande fue nuestra sorpresa cuando vimos que el semejante coloso blanco frenó justo al lado nuestro, y las puertas que se abrieron dejaron salir una voz desde adentro “¡vamo vamo, arriba rápido que estamos en la ruta!”.

Un simpático dúo de conductor y acompañante (asumo) nos dijeron que nos acomodásemos donde quisiéramos, total, el bus estaba vacío, y luego de charlar unos minutos sobre de dónde éramos, hacia dónde íbamos y qué estábamos haciendo, nos apachuchamos en los cómodos asientos semi-cama donde podíamos hasta cargar los celulares porque había entradas USB por todos lados (mas que ómnibus eso parecía una nave espacial). Teníamos todo un ómnibus para nosotros solos, y pudimos dormir una siestita que no nos vino nada mal después del cansancio y la mojadura que teníamos.

 

Unas 2 horas después nos bajámos en la estación de servicio de Zárate, y detrás de ella pinchamos la carpa. El proceso fue bastante jorobado porque no paraba de llover, así que inevitablemente la carpa se mojó un poco por dentro, nosotros también, la ropa se empapó del todo… en fin, que no fue el campamento más feliz del mundo pero al ratito ya estábamos calentitos dentro del sobre de dormir, comiendo galletitas a modo de cena (las estaciones de servicio son caras para nuestro presupuesto) y prontos para descansar.

 

Al día siguiente, comenzamos a hacer dedo en la mañana, pero esta vez fue un poco más complicado. Quizás el punto no era el mejor, o quizás la gente estaba apurada porque se iba a trabajar, pero la cuestión es que terminamos caminando por la ruta, levantando el dedito y dándonos vuelta cada vez que escuchábamos un motor a nuestras espaldas. Nuevamente, la lluvia nos acompañaba.

 

Hasta probamos la técnica de la bandera… Acá Wa haciendo de “SuperUruguayMan”

 

En algún momento nos encontramos con un caballo y justo cuando estaba intentando comunicarme con el pidiéndole si nos podía llevar un ratito a algún lado (sí, así de original soy) para un auto, y un muchacho nos grita entre risas “¿¡qué hacen caminando abajo de la lluvia?!”.

Este chico nos alcanzó hasta Bragados, un pueblo bien chiquito donde hicimos dedo para lograr avanzar un poco más, pero desistimos rápido porque ya estaba oscureciendo; habíamos pasado por un almacén mayorista a comprar algo de comida para la noche y además habíamos estado dando unas vueltas, por lo que se nos había ido la tarde.

Nos quedamos, una vez más, en la estación de servicio del pueblo, donde nos dijeron que nos ubicásemos en la parte de atrás del autoservicio. Allí había un terreno grande con pasto mullido, una canilla de agua, y además agarrábamos el wifi con la máxima señal; esto nos viene bárbaro para comunicarnos con nuestra gente y para coordinar con nuestros futuros couch de Couchsurfing, que de hecho, ese día confirmamos con alguien para quedarnos en Santa Rosa al otro día.

Cuando fuimos al autoservicio a comprar agua caliente para hacernos un té, entra un señor que trabajaba en la estación, y el diálogo fue más o menos así:

– ¡Buenas noches! ¿De dónde viene la caminadora?

– ¿La qué?

– ¿De dónde viene la caminadora?

-Ah, de Uruguay.

– ¡Uruguay! Mi hijo estuvo en Uruguay, se fue con la moto a recorrer América del Sur, pasó precioso.

-Bueno, nosotros estamos tratando de hacer todo América del Sur también, empezar por acá, llegar hasta el Chaltén y después ir subiendo.

– ¿Ah sí? ¡Qué lindo! ¿Y todo a dedo che?

-Si, todo a dedo. Ya habíamos hecho un viaje de prueba antes hasta Ushuaia y nos gustó tanto que nos decidimos a hacer esto.

– ¡Qué lindo che, que lindo! -y señalando el agua caliente que yo estaba por pagando le dice a la muchacha del autoservicio- ¡Dejá, yo le pago el agua! Yo sé lo que es estar así en la ruta, yo se la pago.

 

Cuestión, que no lo dejé, pero le agradecí mucho la intención. Nos despedimos con un “hasta luego” y esa noche dormimos super cómodos sobre el pasto mullidito.

 

Al día siguiente, luego de ensillar nuestras mochilas y arrancar a hacer dedo (nuestro pan de cada día) nos levanta un muchacho, Diego, quien nos llevó montón de kilómetros, directo a Santa Rosa que es donde nos esperaba nuestro primer couch del viaje.

Este muchacho nos contó que había hecho viajes como mochilero también, y estuvimos charlando mucho rato sobre anécdotas de diferentes países, sobre ideologías, sobre política, sobre historia, sobre fútbol (yo acá me quedé tan perdida que hasta me dormí un poquito, he de confesar), sobre la vida en general, y todo mientras Wa le cebaba mate y tomaba el también, acompañando todo de unas galletitas saladas.

Viajar con él fue todo un placer, Diego fue una persona super amable en todo momento y con quien daba gusto charlar, no solo por la variedad de temas que podían tocarse y la cantidad de cosas que él tenía para contar, sino por la amabilidad y simpatía.

Cuando bajamos del auto en Santa Rosa, su frase de despedida me quedó grabada como una especie de acuerdo implícito entre los mochileros:

-Bueno, mucha suerte en el viaje chicos, y ya saben cómo funciona… cuando tengan auto, les toca a ustedes levantar gente en la ruta.

A lo largo de este viaje (y lo van a ir comprobando en post posteriores) nos dimos cuenta que mucha gente que nos levanta es porque alguna vez hizo dedo, y de alguna forma empatiza muchísimo con la persona que está al costado de la ruta pidiendo transporte. Me tiene fascinada esta especie de acuerdo que nadie lo dice directamente (excepto Diego) pero todos lo tienen presente, como buscando retribuir un poco toda esa solidaridad que alguna vez recibieron.

 

Una vez llegados a Santa Rosa, nuestro joven couch nos recibió con alma de fiesta. Subiendo las escaleras, un punchi punchi nos hacía temblar la panza a medida que nos acercábamos a la puerta. Daft Punk sonaba a todo trapo en el apartamento, y luego de mostrarnos nuestra pieza y darnos las llaves, se fue a jugar al FIFA con su primo y amigos que también estaban presentes.

Si bien no pudimos compartir mucho rato con ellos porque luego se iban a bailar (que nos invitaron, pero nosotros no somos mucho de ese tipo de actividades…) luego de darnos unas anheladas duchas y lavar la ropa, los acompañamos un ratito antes de que se fueran.

Nuestra estadía en Santa Rosa fue corta, solo nos quedamos esa noche. Al otro día, recorrimos un poco la ciudad, y hasta nos dimos el lujo de comer en un tenedor libre porque estábamos holgados de dinero esa semana y porque el lugar en cuestión resultó increíblemente barato ($150 pesos cada uno, es decir que apenas nos pasamos de lo que sería nuestro presupuesto diario). Es cierto que para el resto de la semana nos quedaría poco dinero, pero consideramos que no podíamos desaprovechar la oportunidad de comer en un tenedor libre por ese precio… aun así, la bebida fue bastante cara (tontos de nosotros por no haberlo pensado antes) y eso nos apretó un poco más para los demás días, pero nada imposible de sobrellevar.

Ahora voy a hacer un paréntesis para contar mi primer metida de pata del viaje, para que le sirva de experiencia a otros seres despistados como yo (despistados… miren que benévola estoy siendo con mis palabras) y no cometan la misma macana.

Resulta que ya podrida de estar todos los días con los pies mojados (porque ya les dije antes, la lluvia no nos deja en paz) me pareció una idea excelente ponerlos boca abajo encima del calefactor.

Bueno, resulta que no era una buena idea.

 

Y la especialidad de hoy es: Champion rostizado

 

Al poco rato se empieza a sentir olor a quemado y un humo invade la casa, así que se me prende la lamparita y voy a ver los championes. No sólo habían secado, sino que se habían achicharrado, pero de verdad. Algunos pedazos se cayeron apenas los toqué, negros, hechos carbón… la goma de algunas partes estaba derretida… en fin, un desastre de pe a pa.

También había colocado los championes de Wa, pero por suerte, lo hice un rato después de colocar los míos así que los de él se salvaron bastante.

En fin, cuestión que secar se secaron, pero también se estropearon bastante… aun así, se ve que son de muy buena calidad y todavía se pueden usar, que es lo que pienso hacer hasta que no den más.

Cuando volvimos al apartamento de nuestro Couch, nos encontramos con que su primo se estaba yendo YA para para General Acha, que es un pueblo que nos acercaba un poco más a nuestro camino, así que decidimos ir con él.

Una vez allá, como todavía había sol nos pusimos a hacer dedo para tratar de llegar a Neuquén, que era donde nos esperaba nuestro siguiente Couch.

Al poco rato nos levanta un muchacho que nos cuenta que ya nos había visto antes, haciendo dedo en Bragados, pero no nos había podido levantar porque ya iba con gente.

El camino era largo, y entre mates fuimos charlando un buen rato. El muchacho, Martín, era un cristiano muy devoto, así que hablamos mucho de temas relacionados a la religión (la religión en sí misma, no solo del cristianismo). Él nos contó situaciones personales en su vida que lo llevaron a dónde estaba ahora. Y así, hablando de todo un poco, nos contó que estaba un poco asustado porque la noche anterior había derrapado con el auto, cuando pasaba por Pehuajó, y estaba un poco reacio a manejar luego de eso, así que le pidió a Wa si podía hacerlo el durante un rato, como para aflojar un poco la tensión.

Ya estaba entrada la noche cuando hicieron el cambio de volante, y aprovechamos esa pequeña parada para admirar la luna, enorme y extrañamente rosada, y las estrellas, brillantes y en multitud, como solo pueden verse en la ruta y lugares donde no hay luces artificiales.

Sobre las 22:30 llegamos a Neuquén. Martín nos dejó su celular para que lo contactáramos en caso que precisemos ayudar en algo, o si en algún momento andábamos por su pueblo.

 

NEUQUÉN, NUESTRA PRIMERA VEZ EN UN HOSTEL

 

Neuquén resultó ser mucho más grande de lo que creíamos. Ese día era sábado, y el centro estaba super movido.

En realidad, nuestro Couch nos esperaba al día siguiente, y nosotros llegamos antes, así que después de buscar y encontrar un wifi gratis (tarea para nada sencilla) nos contactamos con él. Nos cuenta que estaba en un recital, con otro muchacho que estaba hospedando, pero que sobre las 2 o 3 de la madrugada, cuando salieran de allí, podían pasarnos a buscar al centro para llevarnos a la casa. Luego de agradecerle la intención, coordinamos de ir nosotros mismos a la mañana siguiente, como habíamos quedado en un principio, porque no nos entusiasmaba mucho la idea de quedar rondando por las calles con las mochilas al hombro, durante unas 4 horas, no solo por el peso y el cansancio que acarreábamos de estar como 5 horas arrebujados en el auto, sino también por temas de seguridad; desde un principio intentamos huir de las ciudades grandes (exceptuando tal vez algunas que queremos conocer) ya que no dan la misma seguridad que los pueblos, y mucho menos un sábado a la noche.

Preguntamos a un policía si sabía de algún lugar seguro para poner la carpa. El pobre se preocupó por nosotros y se puso a buscar en su teléfono. Nosotros propusimos la estación de policía, pero nos dijo que ahí no nos iban a dejar, y al final nos propuso un hostel que estaba a pocas cuadras de allí. Nunca nos habíamos quedado en un hostel, pero supusimos que no eran lugares caros, y viendo que la noche avanzaba y seguíamos dando vueltas sin demasiadas opciones, fuimos hasta allá.

El hostel no estaba mal, quien lo regentaba era muy simpático, y nos dejó alquilar la única habitación privada que le quedaba a precio de una persona (aunque fuésemos dos) porque nos salía más barato que una habitación compartida; incluso nos puso otro colchón en el piso y nos contó que el desayuno al otro día estaba incluido en el precio, pero aun así, el precio que pagamos fue nuestro estigma por las siguientes dos semanas, ya que esto, entre otras cosas, nos acotó mucho el presupuesto después.

 

Así con todo, esa noche dormimos cómodos y calentitos, y al otro día llegamos a la casa de nuestro Couch, a las afueras de Neuquén.

Buscar la casa fue muy entretenido porque las pistas que teníamos no era el número de puerta, sino que eran objetos que podíamos ver en la vereda, o autos estacionados (no olvidar que no tenemos forma de comunicarnos con nadie a menos que consigamos un wifi gratis, lo cual obviamente, no se consigue en todos lados).

Luego de varios minutos de búsqueda, llegamos con nuestro Couch que nos esperaba, junto con el otro muchacho que estaba hospedando, y con comida pronta para ambos.

 

Nuestra estadía en Neuquén fue muy divertida y nos sirvió para descansar; la ciudad no nos había llamado particularmente la atención, y ya habíamos recorrido bastante cuando fuimos caminando esos 4 kilómetros y medio desde el centro hasta allá, así que tampoco teníamos mucho más para ver. Aprovechamos las tardes para descansar, secar ropa, y coordinar con gente de Couchsurfing para nuestros próximos destinos, y las noches las pasábamos con nuestro couch, su otro host (el Chelo), y a veces un amigo de nuestro host, a veces otro.

Cocinamos todos juntos las dos noches que nos quedamos en su casa, y tuvimos cenas de lo más divertidas, charlando de diversos temas, viendo videos en YouTube, comparando expresiones uruguayas y argentinas, etc.

Finalmente, partimos rumbo a Bariloche el martes en la mañana. Ya teníamos gente que nos podía recibir, algunos arreglados a último momento, y otros con más anticipación para días más adelante, pero no estábamos seguros si llegaríamos ese mismo día.

 

Haciendo dedo llegamos a un pueblito llamado Senillosa, desde donde nos comunicamos con la familia y amigos usando el wifi de la municipalidad.

 

 

También comimos algo sentados al costado de la calle acompañados de un perrito muy educado que esperaba su parte desde lejos (si bien esta vez había comida de por medio, más Adelante comprobaríamos que en realidad el imán de perros soy yo) y luego seguimos viaje.

 

 

 

Al ratito, nos levanta un señor que se dirigía directamente a Bariloche.

El viaje era largo, y transcurrió entre café calentito y charlas muy variadas. El señor sabía mucho del paisaje que nos rodeaba porque había trabajado como transportista mucho tiempo, así que nos contaba muchos datos interesantes sobre los pueblos, los lagos, las plantas que se veían al costado de la ruta, los peces de la zona, etc.

La nochecita nos agarró llegando a Bariloche, y luego de unas rápidas indicaciones con nuestra primer couch de la ciudad (cortesía del wifi de la estación de servicio) emprendimos nuestra primera caminata por la ciudad, camino a su casa.

La vista de la ciudad fue fugaz, porque era de noche y nosotros teníamos que llegar antes de las 22 hs a destino, pero pudimos apreciar un poquito del iluminado centro Barilochense… pero esta historia corresponde a otro post, y debe ser contada en otra ocasión.

 

 

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2 Comments
  1. matto

    tumma ! el wa va por los caminos con sus legendarias papas y refresco =)

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