El viernes a primera hora de la tarde, nuestra tercer couch Barilochense nos esperaba en el centro. La seguímos a una parada de colectivo, donde tomamos uno que nos llevaba a las afueras de Bariloche, a una zona llamada “Costas del Sol”, lo cual fue un gran acierto porque el “barrio”, que estaba apenas compuesto de unas 15 casas como máximo, estaba sobre la costa, y al atardecer el sol pintaba de amarillo las montañas y el agua.

 

Luego de acomodarnos en un hermosísimo altillo (perdón el adjetivo tan potente, pero siempre me gustaron los altillos y hasta ahora nunca había tenido el placer de quedarme en uno) y charlar un rato con nuestra nueva couch, seguímos su consejo y antes de que se hiciera de noche, emprendimos una caminata a través de las vías del tren.

 

CAMINANDO SOBRE RIELES

Las arterias metálicas que hacían funcionar al tren nos indicaban el camino a seguir, y el paisaje circundante nos animaba el alma.

 

 

Teníamos todos los kilómetros que quisiéramos caminar por delante, y un sol alto que nos entibiaba sin llegar a matarnos de calor, pero amainando agradablemente el frío.

 

Hasta podíamos caer en la tentación de hecharnos una siestesita…

 

 

Por momentos, el paisaje podía volverse bastante monónotono para luego sorprendernos con una explosión de colores.

 

Pasábamos de esto…

 

 

A esto.

 

Y cuando parecía que ya no podía mejorar la vista, teníamos un hermoso salto de agua a nuestros pies, y un pedestal natural perfecto para apreciar el panorama.

 

 

En un momento dado en el que bajámos a una especie de acantilado, Wa desapareció, y fue corriendo a treparse a el esqueleto de un puente.

En ese momento no sabíamos que volveríamos a ver a ese amigo alto y flaco, pero en otras circunstancias, no mucho tiempo después, ahora les cuento.

Volvimos a subir a tierra firme, y encandilados con tanta hermosura en un lugar tan remoto y desconocido, nos vimos sorprendidos por un pequeño obstáculo… bueno, pequeño es una forma figurada de decirlo, porque de pequeño no tenía nada.

 

 

Tan abstraídos íbamos que no nos habíamos dado cuenta que para cruzar al otro lado había que hacerlo atravesando el puente (que consistía únicamente en rieles de tren, sin barandas para humanos ni ningún tipo de seguridad a los lados).

Debajo había gente, pero del otro lado de la orilla, sobre una especie de islita que no tocaba la otra costa, la del lado que estábamos nosotros. En resumidas cuentas: sólo podíamos pasar cruzando el puente por arriba.

 

 

Las opciones eran simples: o dábamos la vuelta y volvíamos a la seguridad de la casa de nuestra couch, o seguíamos caminando, atravesando el puente.

La respuesta era bastante obvia, no habíamos llegado hasta allá para dejarnos acobardar por un puente sin seguridad, pensado para trenes, un viento que de vez en cuando soplaba inclemente empujando a cualquier cosa vertical sobre el nivel del suelo, y unas vías de tren que entre tablón y tablón tenían el espacio suficiente (y mas que duficiente también) para dejar ver un precipicio de una profundidad aproximada a la altura de un edificio de 5 pisos.

 

Así que sí, ante éstas desabrídas dificultades, emprendimos el cruce del puente.

Acá el truco de “no mires para abajo” no servía, porque si no mirabas corrías el riesgo de meter la pata en un espacio entre tablón y tablón, y habían algunos suficientemente grandes para dejar pasar un cuerpo como el nuestro, así que hicimos de tripas corazón, y entre risas y filmaciones de celular (sí, así de valientes o inconscientes podemos llegar a ser) llegamos al otro lado.

El esfuerzo valió la pena.

Poco tiempo después llegamos al pueblo Dinah Huapi.

Como vimos que ya estaba oscureciendo y además de vez en cuando lloviznaba un poquito, decidimos bajar a la ruta para intentar hacer dedo. Al poco rato, nos frena una camioneta blanca, y cuando Wa abre la puerta del acompañante, una voz desde adentro le grita “¡Esperá esperá, no te asustes que llevo cuchillos eh!” y acto seguido tira un manojo de cuchillos grandes de campo, envueltos en papeles de diario, al piso de la parte de atrás del auto.

Un señor muy mayor, con una boina de gaucho nos sonríe mientras nos explica que había llevado esos cuchillos a la casa de un amigo para que se los afilara, porque el tenía un problema en la mano que le imposibilitaba esa tarea, y diciendo esto nos muestra una manito con dedos claramente alterados por algún problema óseo deformante.

Después de un rato de conversaciones variadas, nos deja prácticamente en la puerta de la casa de nuestra couch. Ella se estaba aprontando para salir, pero aún así se hizo un tiempito para charlar con nosotros un rato, antes de irse a trabajar. Nos contó que como no hay almacenes ni tiendas de ningún tipo en esa zona, nos preparasémos una cena con lo que encontráramos en la cocina, que no había problema. Esa misma noche pero más tarde, conocimos también a su compañero de piso, con quien cenamos unos improvisados fideos con salsa blanca modificada semi-inventada por mí. Wa no la probó porque no le gustan mucho ese tipo de salsas, pero el otro muchacho, que era un amante de la salsa blanca, me dio su aprobación y repitió, así que ya con eso me doy por satisfecha.

 

COLONIA SUIZA

Al día siguiente, y nuevamente por consejo de nuestra couch, partímos rumbo a Colonia Suiza, pero no tanto por la colonia en sí, sino más bien por la ruta abandonada que sale desde allí y llega hasta la ruta, es decir a lo que serían los “kilómetros” de Bariloche.

Pero primero lo primero: teníamos que pasar por una agencia de encomiendas, porque yo me había dejado olvidado en Neuquén un anillo que para mi es importante, y nuestro couch de allá nos lo mandó por encomienda. Así que, sintiéndome Frodo, una vez resuelta la misión de recuperar el anillo (my precioussssss!) salímos a la ruta a levantar el pulgar.

Nos llevó varios tramos de autostop para llegar a Colonia Suiza, pero lo logramos.

 

 

De todas formas, nos dimos cuenta que más de la mitad de las tiendas estaban cerradas, quizás no era la mejor hora para visitar este lugar, tenía pinta que de noche podía haber más movimiento.

 

 

Nos habían contado que los domingos se cocinaba algo típico de Suiza llamado Curanto, que consiste en un montón de verduras envueltas en hojas, y puestas dentro de un agujero en la tierra sobre carbón. Luego se cierran las hojas con las verduras dentro, y se le tira carbón por encima, y luego tierra. De esta forma, es prácticamente como tener un horno al natural.

Como ese día era sábado no pudimos ver la realización del Curanto, pero al menos le sacamos una foto al lugar donde se hace, poniéndonos un poco mas en contexto.

 

 

Y no podríamos dejar de hablar de Colonia Suiza sin mencionar algo que está muy presente allá: se respira aire místico por todos lados.

 

 

Ya sea por la construcción de las tiendas que denotan una influencia clara en las leyendas sobre duendes.

 

O por algún duende en cuestión que podés encontrar suelto por ahí.

 

Y si lo ves de sopetón, parece un pueblito en miniatura, cargado de magia. Imaginamos que de noche, todas las lucecitas que ahora colgaban apagadas, brillarían como estrellas, generando un ambiente digno de los Grimm.

 

LA RUTA ABANDONADA DE COLONIA SUIZA

 

A la salida de la Colonia, tomamos la no tan famosa ruta vieja a las afueras de Colonia Suiza. No es un paseo clásico ni mucho menos, de hecho, si nos cruzamos con 5 autos en el camino fue mucho, y peatones, cero.

Saliendo de Colonia Suiza nos dimos cuenta que un amigo peludo nos seguía de cerca. El simpático perrito Border Collie (o similar) tenía puesto un collar azul, asi que asumímos que en cualquier momento daría la vuelta y volvería al hogar de donde se había fugado, únicamente intrigado por estos dos forasteros que venían a invadir su territorio. Pero no, nada más lejos de la realidad; aparentemente nuestro compañero estaba cansado de la vida de pueblo y quería salir a recorrer, así que se quedo con nosotros todo el tiempo. No fue sino hasta más adelante, mucho más adelante, cuando nosotros tuvimos que decirle adiós a el, pero ya llegarémos a eso.

La ruta comenzaba muy agreste, cargada de árboles hacia ambos lados, los cuales a veces formaban una especie de túnel.

 

 

Hasta que los árboles de un costado fueron dejando paso a la vista de una costa súper linda.

 

 

Cada tanto se veían casas camufladas entre la vegetación, y a veces se veían otras a medio construir. Quien sea que haya elegido vivir en aquellos confines de la Tierra, se merece todo nuestro respeto y aceptación; si bien alejada, la ruta abandonada nos dejó la mejor de las impresiones, y sin lugar a dudas, fue de lo mejor que vimos en todo nuestro viaje a Bariloche.

 

A veces la ruta nos sorprendía con una playa solitaria.

 

Y la Rosa Mosqueta marcando presencia, como siempre.

 

Cuando creíamos que ya no podíamos ver más variedad en el paisaje, aparece una pequeña cascadita, sobre la ruta misma, donde Wa aprovechó a rellenar su botella de agua.

 

 

Pero pronto descubriríamos que esa era una muestra de lo que vendría después. Un sonido constante y cada vez más fuerte comenzó a llenarnos los oídos, hasta que haciendo un poco de fuerza, la vimos entre las ramas de los árboles.

 

 

Y si bien en un momento el cielo amenazó con nublarse, al final decidió apiadarse de estos forasteros maravillados con todo lo que un camino casi en desuso estaba dispuesto a dar.

 

 

Después de mucho andar, nos dimos cuenta que tendríamos que bajar en algún momento para poder llegar a la ruta, así que elegimos una parte de playa para descender por las piedras.

La bajada fue un poco arriesgada, pero divertida en cierta forma, y en menos de lo que esperábamos ya estábamos abajo.

Nos cruzamos por primera vez en horas con gente que hacían un asado en la playa. Ahí mismo el perro se nos quedó, claramente embelesado ante la posibilidad de comer un pedacito de asado, o aunque sea chupetear los huesos. No lo culpamos, nosotros no podíamos ofrecerle tanto.

 

El tiempo pasó y nos empezamos a meter entre arbustos que habían en la playa (era cruza con bosque se vé) buscando el camino que nos llevara hacia la ruta que estábamos buscando, cuando de pronto vemos correteando alrededor nuestro a nuestro amigo peludo nuevamente; no nos había abandonado, parece que su apego hacia nosotros había podido más incluso que el amor a la carne. Y si bien todo esto suena muy bien y me alegró en su momento, también es cierto que recordarlo logró hacerme sentir más triste cuando tuvimos que dejarlo.

 

Finalmente llegamos a la conclusión que la única forma de llegar a la ruta que teníamos que ir era atravesando el agua. Esta tarea no sería tan complicada si no fuera por el hecho de que el agua estaba helada y que el fondo era de piedras.

Intentamos buscar una parte donde las piedras atravesaran de costa a costa, para ir saltando de una en una hasta llegar al otro lado, pero después de caminar un buen rato buscando este cruce, sin éxito, tuvimos que afrontar la realidad: teníamos que sacarnos los zapatos, y cruzar caminando.

El primer intento fue fallido de mi parte; no había llegado ni a la mitad cuando me tropiezo, cayendo hasta la cintura adentro del agua helada, y quedándome paralizada del dolor (¿se acuerdan lo que duele cuando se pegan en un huesito del pie y encima lo tienen muy frio? Bueno, eso). Sólo atiné a volver hacia atrás, calzarme los zapatos nuevamente y volver a intentarlo.

A todo esto, el perro que fue el que menos problema se hizo para cruzar el agua, ya estaba esperándonos del otro lado.

Wa me acompañó a calzarme y cuando estuve lista lo volvimos a intentar. En ese segundo intento logré cruzar, Wa también, pero ocurrió otro accidente… el celular de Wa quiso probar lo que se sentía al darse un baño en aguas heladas.

 

Funcionó unos segundos más, si bien la pantalla tenía ahora partes oscuras y el táctil no funcionaba del todo bien, pero cuando Wa lo reinició para ver si mejoraba, no prendió más.

 

Retomamos el camino que nos llevaría a la ruta hacia donde teníamos que ir, muertos de frío, empapados, e inquietos por el teléfono que ya considerábamos perdido.

Atravesamos todo un barrio al cual nos habían recomendado que no fuéramos porque era el típico cinturón periférico de una ciudad, donde si bien no significa que la gente sea mala ni que vaya a pasar algo malo, sí que es cierto que se respiraba otro ambiente no tan amigable. Claro que no es el caso de todos los barrios periféricos del mundo, pero a éste en particular nos habían recomendado que no nos acercáramos.

De hecho, hasta los animales parecían más hostiles, porque en menos de 10 minutos tuvimos como a 5 perros alrededor ladrándonos a nosotros y a nuestro amigo peludo. Por suerte, éste mantuvo siempre una actitud de “no me importa nada, hago como que no te escucho” y no se dejó intimidar por ninguno de los perros que le metía la pesada, simplemente los ignoró y en ningún momento se alejó de nosotros. Me sentí orgullosa como una madre.

 

Finalmente, llegamos a la ruta que ya estaba sobre los kilómetros de Bariloche.

Si bien habíamos tenido un día genial, en ese momento ya estábamos cansados, mojados, preocupados, adoloridos y con frío. Y quiero decirlo porque así como queremos mostrar que sí se puede viajar de la forma en que lo hacemos, y que la mayoría de las veces suele ser muy gratificante, también hay momentos duros en los que uno va a estar indispuesto físicamente o con algún pesar interno, y aún así no podemos bajar los brazos ni dejar que los malos momentos -que son los menos- nos tiren abajo o nos quiten las ganas de viajar.

 

 

Y por eso también, quiero mostrar esto. No será mi mejor foto, pero refleja la realidad ineludible de ese instante; sí, es cierto, en ese momento yo no quería estar ahí, sino que quería estar bien calentita adentro de MI cama, tomando un chocolate calentito en mi taza favorita. Pero bueno, son momentos de flaqueza que no pueden definir nuestro porvenir, sino que deben hacernos más fuertes.

Esta vez, la espera haciendo dedo fue más larga, los viajes fueron más cortos y tuvimos que hacer varios tramos para llegar a destino, pero de todas formas, lo más triste fue ver como el perrito que nos acompañó todo el camino, se sentaba al lado nuestro mientras hacíamos dedo en el primer tramo, esperándonos. Para peor, había empezado a lloviznar, ahora bastante fuerte, y aún así el nunca se fue de nuestro lado.

 

 

Cuando el primer auto frenó, él se paró y nos quedó viendo mientras nos subíamos, hasta que entendió que no íbamos a llevarlo y se alejó.

Puede parecer una tontería, pero de verdad me dio mucha tristeza. Me hubiera encantado llevármelo de haber podido hacerlo.

En un momento dado, un auto nos dejó en la puerta de un supermercado así que aprovechamos a comprar algunos ingredientes para preparar la cena de hoy.

Sobre las 20 hs llegamos a la casa de nuestra couch, mojados, embarrados, con los pantalones sucios y temblequeando de frío, la típica imagen de pollito mojado y además maltratado.

De todas maneras, teníamos el alma llena de haber vivido tan linda experiencia recorriendo la ruta vieja, y conociendo amigos tan fieles en el camino.

Después de darnos una merecida ducha y dejar el celular de Wa en arroz para que absorviera la humedad, nos sumergimos en una interesantísima charla con nuestra couch sobre países y cosas que ver en cada lugar del que hablábamos (Google Maps mediante).

Más tarde empecé a hacer un guiso de lentejas, bien polentón para arremeter la mojadura que nos habíamos agarrado, y nos quedamos así, todos comiendo y charlando hasta las 2 de la madrugada, cuando decidimos que ya era hora de ir a dormir, y que el día de mañana íbamos a quedarnos adentro y dedicarlo pura y exclusivamente a descansar.

 

La vida es un conjunto de utopías dicen… ¿no?

 

Al día siguiente, nuestra couch se fue a esquiar, y nosotros nos quedamos lavando ropa, aprontando las mochilas (porque al otro día nos íbamos) y demás menesteres tranquilos.

Nuestro plan de descansar iba viento en popa, hasta que nos llega un mensaje de nuestra anfitriona, comentándonos que ese día era el final de la Fiesta de la Nieve, y debido a esto iba a hacerse una bajada de antorchas en el Cerro Catedral, que si nosotros queríamos ella iba a estar ahí y luego podíamos ir a un bar con ella y algunos amigos de couch, entre ellos el muchacho que nos había hospedad justo antes que ella, a quien le habíamos prometido volvernos a ver.

 

Ok, a veces uno planea algo y las situaciones te llevan a cambiar todo. No podíamos dejar pasar la oportunidad de ver un descenso de antorchas, y de volver a ver a nuestro anterior anfitrión que tan bueno había sido con nosotros y tan poquito tiempo habíamos compartido con el.

 

Allá arrancamos, algo tarde, camino al Cerro Catedral. Fuimos a dedo, pero esta vez no llegamos a tiempo… comenzaría a las 18:30 y sobre las 18:15 estabamos ya en el centro de Bariloche, pero no teníamos suerte en encontrar un auto que nos arrimara al Cerro Catedral, así que lo que hicimos fue irnos al Centro Cívico para agarrar wifi gratis, y desde allí comunicarnos con nuestra couch para coordinar en qué bar nos juntaríamos.

 

 

Aprovechamos a recorrer la peatonal y la feria artesanal que se había armado en una plaza. Comimos muestras gratuitas de chocolates de varias chocolaterías, y sacamos algunas fotos antes de encontrarnos con los demás en el bar, que fue la última actividad que realizamos en Bariloche, porque al día siguiente partíamos rumbo hacia Trevelin, un pueblito que Wa y yo queríamos visitar por motivos totalmente distintos.

 

Así que, si creías que Bariloche era sólo un lugar para ir a esquiar, dejáme decirte que Bariloche es mucho más que escarcha de hielo en el piso o cayendo del cielo.

Bariloche es luz y música en las calles, pero también es naturaleza, canto de pájaros y bellezas naturales.

Bariloche es olor a cacao, endulzado y manufacturado, pero también es olor a aire puro y Rosa Mosqueta.

Bariloche es sinónimo de calles llenas de tiendas que venden souvenires, pero también es sinónimo de caminos desconocidos y alejados de todo, donde podés encontrar playas y cascadas desiertas.

Bariloche es capitalismo y precios altos, pero también es generosidad por parte de alguien que no conocés que decide interrumpir la paz de su vehículo sólo para levantarte y que no gastes plata en un boleto de colectivo.

Bariloche son los turistas y los grupos de colegio que van a celebrar el fin de una etapa, pero Bariloche también es gente alegre y altruista dispuesta a compartir todo lo que tiene a cambio de una sonrisa o un momento de compañía.

 

Así que sí, si nos preguntás a nosotros, Bariloche es mucho más que los prejuicios que uno pueda tener al respecto. Nos sorprendió, y para bien. Dicen que uno siempre encuentra lo que busca, solo debe saber dónde buscar ¿no?

Pero como siempre, para generar tu propia opinión, vas a tener que ir vos, y juzgarlo con tu propio criterio. Después nos contás.

 

 

 

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