Visto de afuera, una construcción echada a perder para los pesimistas, una obra arquitectónica lamentablemente abandonada para los entendidos en la materia, una inversión truncada para los políticos, una casa embrujada para los más esotéricos, y una esperanza de mantenerse seco y a salvo del frío Patagónico para los que deambulan.

 

 

Visto desde dentro este mercado abandonado realmente es, un hotel para los viajeros del mundo.

 

 

Las paredes de los cuartos que mejor soportaron las inclemencias (ya sea del clima o humanas) están tapadas de escritos que abarcan desde lo más libidinoso y grosero, pasando por frases o canciones, hasta lo más profundo y nutritivo para el alma.

 

 

No pude evitar agrengar un “Go Sendoh Go”.

 

Marcadores negros, rojos y verdes, empuñados por manos de todas partes del mundo dejaron sus rastros acá, dando algo que leer al viajero que llega, pero sobre todo, brindando esperanza y compañía. Es fácil sentirse instantáneamente mejor cuando lees que tantos otros viajeros, en la misma situación que vos, te cuentan que se refugiaron bajo el mismo techo durante, 3 o 5 días.

 

 

Algunos incluso comparten su itinerario de viaje hasta el momento que llegaron al mercado abandonado, y lo mejor, es que lo terminan en tres puntos suspensivos. Porque estas situaciones en donde no tenemos donde guarecernos, no son motivos para terminar el viaje. Porque encontrar un edificio cargado de buenos ánimos y alentando a seguir viajando, sólo nos permiten poner puntos suspensivos en nuestros itinerarios… porque sabemos que hay que seguir adelante.

 

 

 

La empatía se percibe en el ambiente. Alguna vez, hace no demasiado tiempo, estuvieron quedándose bajo el mismo techo viajeros de otras partes del mundo, y ahora nos están pidiendo a nosotros que cuidemos este lugar, que lo mantengamos porque así como les sirvió de refugio a ellos y nos sirve hoy a nosotros, puede también ayudar a otros en un futuro.

Otros, nos desean buen viaje.

 

 

Algunos estaban, evidentemente, esperando lo mismo que nosotros, a juzgar por los horarios mencionados.

 

La barcaza que cruza a la isla de Chiloé zarpa a las 10:00 hs, asi que es entendible que alguien esperara a las 9:00 para salir rumbo a su próxima aventura.

 

 

Y aunque por la noche, mientras escuchamos el chiflido del inclemente viento Patagónico que se filtra por las ventanas rotas y recordando las tantas películas de terror que vimos, nos parezca que va a salir un fantasma de cualquiera de estas muchas habitaciones, sabemos que en realidad no tenemos motivos para quejarnos. Sabemos que este lugar se protegió desde hace tiempo con energía de personas que estuvieron en la misma situación que nosotros, y lejos de ser este un lugar maléfico, acá encontraron refugio y resguardo no solo para el cuerpo, sino también, de alguna forma y a través de quienes dejaron su huella en estas paredes, para el alma.

 

 

Así que este debe ser uno de los pocos lugares, donde el llamado “vandalismo” correspondiente a escribir en las paredes de un edificio público no sólo está implícitamente permitido, sino que además debería ser promovido. Porque quien sabe, quizás mañana vengan otros mochileros, sin demasiado dinero, corriendo, escapando de la lluvia y decidan pasar la noche en este mismo lugar, justo después de leer los mensajes en las paredes, y sintiéndose acompañados y comprendidos, armaron la carpa en la habitación que consideraron más adecuada, justo como nos pasó a nosotros una fría noche de invierno en Chaitén, y durante tres días seguidos.

 

 

 

Nosotros también quisimos aportar:

 

 

 

 

 

 

 

Tres noches en una casa abandonada – El Mercado Abandonado de Chaitén, hogar del viajero ambulante
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