Los días en Boa Vista pasaron, junto a amigos con quienes ya habíamos compartido un tiempo atrás; lo mismo sucedió en Manaos, donde estuvimos una semana más con una excelente persona que nos había recibido anteriormente y había abierto las puertas de su hogar para estos dos viajeros durante 2 semanas enteras.

Pero, debido a motivos que les explicaré más adelante en este post, no podíamos pasar más tiempo en Brasil… teníamos que emprender camino a Colombia, si queríamos volver a entrar al país, y evitarnos una multa de dimensiones catastróficas.

Como sé que les sale la vieja chusma de adentro esta información puede ser útil para otras personas que vayan a la triple frontera (o a cualquier frontera, a fin de cuentas) les voy a explicar cuál fue el motivo por el que casi nos llevamos una multa de parte de las oficinas migratorias de Colombia.

 

 

 

 

NUEVAMENTE EN LA TRIPLE FRONTERA

 

Llegamos a Leticia lo más pronto que pudimos, en una lancha rápida tomada en Manaos, que demoró apenas 36 horas y salía 3 días por semana, y en donde me miré 8 películas habladas y subtituladas en portugués (y no sin cierto orgullo puedo decir que las entendí). Nos fue posible pagar esto manteniendo nuestro austero promedio semanal, gracias a nuestros amigos de Brasil, que nos hospedaron por varios días, y prácticamente no nos dejaban gastar dinero en nada. Sin ellos, todo el viaje hacia Colombia nos hubiera dejado no en números rojos, sino bordeaux.

Leticia cartel colombia

La vez anterior en la que habíamos pisado la triple frontera había sido cuando tomamos el barco de las hamacas que navegaba el Amazonas, y fue en aquella oportunidad cuando cometimos el error que nos llevaría a apurar nuestro paso por Brasil y las 3 Guyanas.

 

En aquella ocasión, la persona que nos cruzó en lancha a la frontera de Colombia (el muchacho que nos quiso estafar, y un poco lo logró, con el precio de la lancha) nos dejó directamente en la oficina de migraciones Colombia, y nos dijo que teníamos que hacer la entrada allí, porque era por donde estábamos entrando. Eso dijo, y nosotros preferimos hacerle caso.

Ya con el sello de entrada en Colombia, caminamos un poco por Leticia, la ciudad fronteriza, hasta que mágicamente estábamos en Tabatinga (Brasil), cosa que sólo advertimos gracias a los carteles de las tiendas que pasaron de estar en español a estar en portugués… y ponele que también gracias a un cartel enorme que decía “BRASIL”.

Llegamos al puerto, donde negociamos el precio para llevarnos a bordo, y la gente del barco nos dejó esperar los 3 días que faltaban para zarpar, dentro del camarote. Hasta acá todo bien.

Lo que no estuvo bien, fue el hecho de sellar la entrada a Brasil, sin haber vuelto a la oficina de migraciones Colombia para sellar la salida.

Pensamos que al ser una triple frontera, no iba a haber problema con eso. Ya una vez nos había pasado en un cruce hacia otro país, que no nos quisieran sellar la entrada, y por algún malfuncionamiento de nuestro cerebro, nos convencimos de que algo así, pero con la salida, podría suceder en una triple frontera.

Leyendo guia colombia con gato en leticia

Leyendo esta guía ajena no iba a encontrar la respuesta, esto era sentido común

 

 

Mal, mal, mal, mal, mal, muy mal, ya lo dijeron los chicos de Astroboy una vez, esa banda uruguaya que duró menos que un soplido pero estaba buena.

Resulta que sí que hay una excepción, en cuanto a sellados de pasaporte, en la triple frontera, pero esa excepción no implica no sellar la entrada o salida de un país… al menos, no durante más de un día.

 

Si llegás a la triple frontera, podés permanecer allí 24 horas sin sellar la entrada a ninguno de los 3 países limítrofes, ni Perú, ni Colombia, ni Brasil, pero no podés excederte de este tiempo.

 

En resumidas cuentas, digamos que para el mundo administrativo, podés estar flotando en el limbo durante un día, pero no más que eso; a partir de las 24 horas y un segundo, tenés que tener la entrada en algún país, y si salís de él, su correspondiente salida, indiferentemente si saliste de ahí para irte 3 pasos más allá al país contiguo, o si te fuiste a practicar la Furia del Dragón con el maestro de Shiryu en China.

 

Nosotros teníamos la entrada a Colombia, e inmediatamente después, la entrada a Brasil. Y no sólo eso, sino que además, habíamos recorrido varios países más… teníamos las correspondientes entradas y salidas en Guyana, Surinam, Guayana Francesa, y nuevamente, entrada en Brasil por segunda vez.

Es decir, que para la migración Colombiana, nosotros habíamos recorrido todos estos países sin salir de Colombia, cosa evidentemente, imposible. Algo no andaba bien, y no había forma de esconderlo.

Nos enteramos que habíamos cometido un error, gracias a que más de una persona de Brasil nos dijo que lo que habíamos hecho no era correcto, y nos aconsejaron consultar con la embajada, o alguna oficina de migraciones del país correspondiente. Incluso, hasta un amigo Ecuatoriano vino a nuestro rescate y nos averiguó información con sus amigos Colombianos.

 

Así que decidimos tomar cartas en el asunto, y fuimos a la embajada de Colombia en Manaos; por desgracia no manejaban temas migratorios así que amablemente nos invitaron a comunicarnos con la oficina de migraciones, que fue lo que hicimos, vía e-mail.
En la respuesta que recibimos, nos explicaron que lo mejor era intentar llegar antes de los 3 meses a Colombia nuevamente, para ver que solución podrían brindarnos en la oficina de migraciones.

 

Y eso fue precisamente lo que hicimos.

 

Recorrimos lo que pudimos de Brasil, y las 3 Guyanas, en menos de 3 meses para lograr llegar a Colombia en una fecha donde pudiésemos evitar la multa… multa que sacándola muy barata serían 7 salarios mínimos Colombianos cada uno, es decir, podíamos irnos olvidando de visitar el país.

Wa no se complicaba mucho, pero Colombia era el país que yo más quería visitar en Sudamérica, mucho antes de que este viaje estuviera siquiera planeado, así que no podía rendirme tan fácilmente y esquivarlo como si nada.

Finalmente, aquel día llegamos a la oficina de migraciones en Leticia, que dicho sea de paso, para llegar había que cruzar una tabla a modo de puente super improvisado, que definitivamente no era apta ni de lejos para personas en silla de ruedas (asumo que era una solución temporal). Este detalle junto con la lluvia que se venía podía ser un paralelismo psicocósmico nada favorable para nosotros, pero allá fuimos.

Intentando irradiar paz Zen en el rostro, mostramos nuestro pasaporte al empleado de migraciones.

Migraciones Leticia Colombia

Lo miró, tecleó algo en su computadora, volvió a mirarlo, y se detuvo un buen rato en una página en particular. Finalmente, levantó la mirada y nos dijo “Uy, ustedes están pailas…¿saben lo que significa?”.

No sabíamos, pero nos imaginábamos que nada bueno.

El muchacho prosiguió, confirmando nuestras sospechas: “tienen marcada la entrada a Colombia, pero no la salida, y creo que ya se pasaron de los 90 días”.
Ahí fue cuando me subieron los calores, porque yo había hecho el cálculo muchas veces, contando con el dedito los días en el calendario, y juraba que los 90 días no estaban cumplidos. El chico dijo que iba a contar, así que nos tocó esperar un ratito hasta que finalmente escuchamos las palabras que sonaron como arpas celestiales: “88 días… se salvaron”.

Acto seguido nos contó lo que teníamos que hacer para poder volver a entrar a Colombia. Nosotros sabíamos que una opción era pagar una extensión de estadía por 90 días más, pero sabíamos que había otra manera, y creo que el muchacho adivinó nuestros pensamientos (o nos vio pintas de zaparrastrosos sin un peso) y nos propuso lo siguiente: el sellaría la salida de Colombia, luego tendríamos que volver a Brasil, pedirles que nos pongan un sello de entrada y salida el mismo día, y luego podríamos sellar la entrada a Colombia nuevamente.

 

Allá nos fuimos, rumbo a la policía federal de Brasil, la misma que el día anterior nos había sellado la salida del país, para pedirles que nos sellara una nueva entrada y salida, explicándole nuestra situación.

El muchacho de la policía se parecía a Clark Kent, y no sólo en apariencia, sino también en ganas de salvar gente, porque sin poner ninguna objeción, cumplió con nuestro pedido.

 

La entrada a Colombia la sellaríamos al día siguiente, momentos antes de tomar el primer avión de nuestra vida.

 

 

 

 

PRIMERA VEZ SOBREVOLANDO LOS CIELOS

 

La única forma de salir de Leticia, permaneciendo en Colombia, es tomar un avión. No hay rutas terrestres ni marítimas que conecten esta ciudad selvática con el resto del país… fue por esto que no tuvimos otra opción.

Vista aerea avion de Leticia a Bogota Colombia

Nuestro amigo de Manaos nos ayudó a buscar un precio económico que no pusiera en compromiso nuestro bolsillo, y con el ticket de aerolíneas Latam comprado virtualmente, nos dirigimos al aeropuerto de Leticia.

 

El problema que teníamos con volar, era tan estúpido como incoherente.

Olvídense del miedo a las alturas, porque si sospechaban eso, están muy errados, los tiros venían por otro lado más intrínseco al pensamiento que a miedos de supervivencia, que al final de cuentas, estos últimos son más lógicos y comprensibles.

 

Por un lado, estaba el tema económico, que si bien es algo que resulta lógico que preocupe, sobre todo en un viaje largo con poco presupuesto, también era cierto que en este caso no aplicaba demasiado porque nos había costado muy barato, 44 dólares cada uno, equipaje incluido. Si bien escapaba de nuestro presupuesto semanal, habíamos logrado ahorrar algo de dinero extra en Brasil, que nos permitía hacer un gasto así sin pasarnos del límite.
Además, tampoco había mucho que hacer, ya que no había ningún otro tipo de ruta por la cual avanzar dentro del país.

 

Pero por otro lado, estaba eso que tratábamos de ocultar pero lo sentíamos adentro, dándose la cabeza contra todos lados: tomar un avión no sonaba a aventura, ¿no?

 

Hacer dedo sin saber quién nos llevará, o sin siquiera saber si nos moveremos de ese punto en la ruta ese día, sí es aventura.

Tener que acampar en un pueblito aislado porque el auto nos dejó allí entrando la noche sí es aventura.

Incluso tomar un barco o una lancha que navega por el Amazonas sigue siendo una aventura… uno nunca sabe cuando pueden atacar los piratas, o aparecer los delfines rosados, o algo que raje el barco de proa a popa y nos haga caer al río plagado de cocodrilos, pirañas y anacondas.
Eso también es aventura.

Aeropuerto de Leticia

Pero volar… volar es como subirse a un bus con alas, pero con un aire todavía más chic. Dejas la comodidad de un aeropuerto para aparecer en otro. Te sentás en tu silla mullida mirando películas y te olvidás que estás a quien sabe cuántos pies de altura.
Volar no es parte de la aventura…. ¿no?

 

El aeropuerto más chiquito y descuidado que ví en la vida me llenó de esperanza… a lo mejor el avión también se caía a pedazos y terminaba siendo emocionante.

Sala de embarque aeropuerto Leticia

Pero lo único que se cayeron a pedazos fueron mis prejuicios y sentimientos de culpa, cuando sentí que ese coloso de metal se despegaba del suelo, y nos llevaba alto, muy alto, por encima de las nubes, allá donde tanta gente soñó con llegar, mucho antes que nosotros existiésemos.

 

Avion Leticia a Bogota vista aerea

 

Da Vinci diseñó máquinas de madera que sirvieron a los hermanos Wright para completar el modelo que cumpliría el sueño que Leonardo y tantos otros quisieron cumplir.
Y esto solamente por mencionar a los más conocidos, siendo que mucha, muchísima gente soñó con los mismos cielos una y otra vez en el pasado.

 

Entonces ¿cómo podría no significar una aventura, saberse más alto que las nubes?

El avión despegó y nosotros con él, sintiendo algo parecido a la sensación que da en la panza cuando el carrito de la montaña rusa se tira en picado por la rampa más alta. Lo único que quedó atrás, en aquel aeropuerto maltrecho de Leticia, fue nuestro sentimiento de culpa.

 

Mirando por la ventana avion Leticia Bogota Colombia

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