¿Vos también pensabas que Bariloche estaba atestada de turistas (sobre todo en invierno)? ¿Y que lo único que valía la pena era ver nieve y esquiar? ¿Y que la mayoría de las tiendas solo tenían remeras que dicen “I Bariloche”?

Si respondiste que sí a la mayoría de estas preguntas, te invito a leer este post. Vení, pasá, sentate y ponete cómodo que tengo unas cositas para contarte.

 

El señor que nos levantó en Senillosa y nos llevó hasta Bariloche en su camioneta nos dejó, a pedido nuestro, en la estación de servicio a la entrada de la ciudad.

Queriamos chequear Couchsurfing para ver si alguna de las personas a las que le habíamos mandado solicitud de estadía nos había respondido. ¿Y que creen? Teníamos un mensaje de una chica que nos decía que si llegábamos antes de las 22 hs nos alojaba y además nos esperaba para cenar milanesas y ensalada con su hermana. En ese momento eran más o menos las 19:45, y si bien puede parecer que teníamos suficiente tiempo, hay que tomar en cuenta tres cosas: su casa quedaba a unos 4,5 kms de donde estábamos, íbamos con las mochilotas en la espalda, y además agarramos muchas  calles en subida (luego sabríamos que esto último fue por no conocer la zona).

Para llegar a la casa de nuestra primer couch Barilochense tuvimos que atravesar el centro de la ciudad.

Bariloche nos recibió de noche, con luces, música callejera y olor a chocolate.

La peatonal estaba llena de comercios, en su mayoría chocolaterías, porque sí, si sos como nosotros que no lo sabíamos, Bariloche es famoso por su producción de chocolates caseros. Tenés varias tiendas de delicias a base de cacao en cada cuadra, para hacernos más susceptibles a la tentación, pareciera que cada tienda tiene algún tipo de chocolate en particular que los hace únicos, y por si fuera poco podés cruzarte con gente en la peatonal ofreciéndote que pruebes alguna de sus exquisiteces, o sino, podés entrar vos mismo a pedir una muestra gratis en cualquier tienda.

Esta fue nuestra humilde compra, que correspondía a la opción más barata que encontramos (100 pesos Argentinos). De todas formas, esta cajita la compramos más adelante, después de haber recorrido buscando precio y degustado chocolates en casi todas las tiendas de la zona.

 

La recibida de nuestra primer couch fue super cálida; nos llevó a la casa de al lado y nos presentó a parte de su familia (los que estaban presentes) y cenamos todos juntos. La pequeña Sofía, que tenía menos de un añito de vida, estaba encantada con mis uñas y mi caravana, ambas amarillas. Ya sabíamos cual era su color favorito.

Después de cenar nos fuimos a la casa de nuestra anfitriona, quien nos armó la cama (un cómodo sillon-futón) y después, desplegó un mapa sobre la mesa y cual guía de turismo, nos mostró todos los puntos que más valía la pena visitar en Bariloche, además de explicarnos el mejor orden para hacerlo (orden que después nosotros olvidariamos y por ende, alterariamos).

 

CAMINO AL CERRO LLAO LLAO

 

El Cerro Llao Llao fue nuestro primer paseo en Bariloche.

En principio y aprovechando el saldo que teníamos en la SUBE (una de las tarjetas de transporte metropolitano de Argentina) nos fuimos derechito a la parada del colectivo. Según nos habían enseñado, acá los colectivos tienen distintas tarifas dependiendo cuantos kms recorras. En nuestro caso, el Llao Llao era lo más lejos que llegaba, así que nos iba a tocar pagar el boleto más caro.

Mientras estábamos esperando el colectivo, vemos que viene una muchacha, se para al lado de la garita y con mucha tranquilidad extiende el brazo y levanta el pulgar.

Sí señoras y señores, estaba haciendo dedo, AL LADO DE LA GARITA DEL BUS.

Aca vamos a hacer un paréntesis para recordarles por que nosotros no hacemos dedo dentro de ciudades grandes: por un lado, esta el tema de que en las ciudades y dentro de los pueblos (salvo los que son super chiquitos) es prácticamente utópico que alguien levante a otra persona haciendo dedo; inclusive en los pueblos pequeños es más conveniente salir a las afueras del mismo. Y por otro lado, si a eso le sumamos que estábamos parados en una garita de bus, la cosa se pone mas utópica todavía… Por regla general, no se hace dedo justo en el mismo lugar donde pararía el transporte pago.

Cuestión, que en menos de 5 minutos la chica ya no estaba y ningún bus había pasado… ¡Sí, la habían levantado!

No lo pensamos más y raudos y veloces, comenzamos a filmar para explicar por qué íbamos a hacer dedo en plena ciudad, cuando a los 15 segundo de comenzar el video, un auto rojo para y nos encontramos yendo a bordo, y camino directamente al Llao Llao.

El conductor nos explicó que en Bariloche era muy común hacer dedo, la gente estaba acostumbrada a levantar a otros, y que en parte lo hacían porque el boleto en aquellas partes estaba muy caro.

Esas palabras sonaron como música para nuestros oídos. A partir de ahora, haríamos dedo en Bariloche cada vez que pudiéramos.

 

ARRAYANES: EL RARITO DE LA PATAGONIA

 

Una vez en el Cerro, comenzamos a recorrer los senderos. Una de las cosas que más nos interesaba ver era una especie de árbol llamada Arrayán, famosos por su color canela-anaranjado que contrasta totalmente con cualquier otro árbol de la Patagonia, y por sus formas nudosas y retorcidas.

 

 

Según vimos, existe un bosque de Arrayanes bastante grande, con más de 200 ejemplares a las afueras de Bariloche, pero para entrar cobran entrada, mientras que en uno de los senderos del Cerro Llao Llao hay un pequeño espacio donde se concentran unos 30 Arrayanes. La cantidad no es la misma, pero a efectos de conocerlos nos servía, además que se ajustaba a nuestro presupuesto (por ser gratuito).

 

Por momentos parecía un paisaje sacado de los cuentos de hadas.

 

Los Arrayanes aparecieron y nos sorprendieron con sus troncos retorcidos y coloridos, tan contrastantes con las hojas.

 

El tamaño de algunos era bastante respetable…

 

 

 

 

Y sus nuditos también…

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El contraste era, cuanto menos, llamativo, por no decir que no parecía un árbol de la Patagonia.

 

 

Luego de las fotos obligatorias, seguimos por el sendero, rumbo al Lago Escondido, que tomando en cuenta que estaba lleno de carteles indicando hacia que lado quedaba, yo diría que muy escondido lo que se dice escondido, no estaba, pero bueno.

 

 

El cartel que nos indica hacia donde queda algo que no deberíamos saber que está ahí… porque está escondido.

El Llao Llao esta lleno de paisajes hermosos y alucinantes, de esos que te hacen parar para sacar una fotografía, primero mental, y luego si querés, con la cámara material que tengas a mano.

 

 

Algunos paisajes parecían cuadros… Si, ya sé que en realidad es el cuadro que se parece al paisaje, pero una vista tan hermosa puede parecer sumamente exagerada para ser cierta, así que la atribuimos a exageración humana. Pero no, realmente existen lugares así de increíbles. ¿Y saben que? Yo diría que hasta superan la imaginación.

 

 

A la vuelta del Llao Llao, se me ocurrió una idea genial ir arrancando el fruto de la Rosa Mosqueta, que es una planta que crece en forma silvestre por varias partes de Bariloche, y es conocida más por sus propiedades cosméticas que alimenticias; hoy por hoy, es común ver en cualquier farmacia aceite o cremas de Rosa Mosqueta, útiles para la regeneración celular y por ende, cicatrización de heridas o marcas en la piel. Aún así, mis planes eran más sencillos: quería intentar hacer mermelada de Rosa Mosqueta, la cual me dijeron era muy común por aquellos lados.

 

Haciéndome la re pro, aunque en realidad me estaba llenando los dedos de espinitas de Rosa Mosqueta.

 

Cuando nos estábamos yendo del Llao Llao, intentamos pasar por el Cerro Campanario, pero al final decidimos dejarlo para otro día porque cuando dejamos de caminar, nos dimos cuenta de cuánto nos dolían las piernas de todo lo que ya habíamos caminado. Además, se nos había hecho ya tarde para subir al Campanario, así que volvímos a la casa de nuestra couch.

Cuando le contámos nuestro paseo, nos resaltó que hicimos el recorrido justamente al revés de como ella nos había recomendado, y por eso ahora estábamos tan cansados. Mal nosotros. Ya saben gente, háganle caso a la gente local, y sobre todo, recuerden los consejos que les dan.

Y hablando de eso, aprovecho para mechar una anécdota que tuvimos, también por no recordar los consejos de nuestra couch.

Resulta que el miércoles lavámos a mano alguna ropa que ya necesitaba limpieza, y la tendímos en la cuerda del patio. Nuestra couch nos recomendó sacarla al rato, y dejarla colgada dentro de la casa en la noche, pero como dijimos antes, nos olvidamos.

Al día siguiente, cuando fuimos a sacar la ropa de la cuerda, nos encontramos con que en vez de tener un pantalón, teníamos una antena parabólica con la que podíamos captar canales de aire prácticamente.

 

¿Qué aprendímos en la clase de hoy niños? Que no se debe dejar la ropa tendida a la intemperie en lugares con temperaturas bajo cero.

 

 

¡Ah! ¿Se acuerdan de mis planes de hacer mermelada de Rosa Mosqueta?

Bueno, nuestra couch nos explicó que para eso se necesitan grandes cantidades de fruto, además de un delicado proceso de extracción de semillas y demás menesteres que no me esperaba, así que les dije chau chau adiós a los poquitos frutos que había juntado, me hice sana sana en las espinitas que me había clavado en los dedos arrancándolos, y me olvidé de la idea.

 

CERRO CAMPANARIO

 

El jueves en la mañana, emprendimos la retirada de la casa de nuestra primer couch Barilochense, y nos dirijimos a una estación de servicio, previamente coordinada, para encontrarnos con nuestro siguiente anfitrión, que nos esperaría allí a las 14 hs.

Luego de las presentaciones correspondientes, y un almuerzo rápido pero generoso por parte de él, nos recomendó encarecidamente que visitemos el Cerro Campanario; el tema era que al otro día nosotros partíamos a las afueras de Bariloche, porque nuestra próxima couch, con quien ya habíamos coordinado días atrás, nos estaría esperando, y nuestro actual anfitrión insistía en que ántes de irnos de esta zona de Bariloche teníamos que disfrutar de la vista del Cerro Campanario sí o sí.

Convencidos totalmente, partímos rumbo al famoso Cerro.

Antes de los halagos, vamos con las confesiones: subir el Campanario puede ser duro. El sendero es empinado, y si bien no es demasiado largo, te puede llevar alrededor de 30 o 40 minutos subirlo, haciendo paradas inevitables (porque en algún momento vas a tener que hacer cosas importantes, como respirar por ejemplo) y avanzando despacito. A menos claro, que tu condición física sea la de un deportista asiduo… en ese caso no creo que tengas ningún drama.

Claramente, no era nuestro caso.

También tenés la opción de subir en aerosillas, las cuales costaban alrededor de 350 pesos Argentinos. Así que si no tenés ganas de caminar, podés optar por ir cómodamente viendo el paisaje y balanceándote al ritmo del viento, sucundún sucundún.

Pero sí, adivinaste… tampoco era nuestro caso.

 

Si a eso le sumamos que algunas partes parecían sacadas de una película de terror, podemos decir que este Cerro a pie es sólo para valientes.

 

 

Ahora viene lo bueno: ¿valió la pena llevar los pulmones al límite? ¿Valió la pena racionalizar el agua para que durara toda la subida? ¿Valió la pena hacerle “leru leru” a la gente que iba cómodamente en las aerosillas sólo para crear la falsa ilusión de que caminando era mejor?

La respuesta a todas estas preguntas es la misma: sí, definitivamente valió la pena.

 

 

 

La vista desde el Cerro Campanario es espléndida; podés ver varios lagos, carretera, y la ciudad a lo lejos. En resumen, una vista de prácticamente 360° que abarcaba gran parte de Bariloche. Definitivamente, no tiene desperdicio.

 

 

Con semejante paisaje, sería normal que te arremetieran dudas existenciales apenas te sentás frente a ellos.

 

O también podes ponerte un poquito meloso…

 

 

La bajada del Cerro Campanario es mucho más rápida y sencilla que la subida… a menos que te pase como a mí y te encuentres con el que bauticé “Mounstro de la Espesura” (si no entendés de qué estoy hablando, te recomiendo ver el video que subímos en este post).

 

2 DE AGOSTO – DÍA DE LA CERVEZA IPA EN BARILOCHE

 

En el camino de vuelta a la casa de nuestro couch, nos contactamos con el, conectándonos al wifi de un hotel que estaba sobre la ruta. Nos citó en un bar cerca del centro de Bariloche, donde él iba a estar con unos amigos del grupo de Couchsurfing, porque parece que era el día del IPA.

Para nosotros, IPA eran las siglas de un centro de preparación de docentes de Uruguay, pero según nos explicó nuestro anfitrión, es una variedad de cerveza de color rojizo y muy amarga.

En el bar conocimos a algunos integrantes más de la comunidad de Couchsurfing Bariloche, y tuvimos un rato muy ameno charlando de viajes y de futuros planes. Nuestro couch intentó pagarnos la cuenta del bar, pero no lo dejamos… al menos no en su totalidad, ya que le dimos parte del dinero.

Esa noche al llegar a su casa, preparamos una cena todos juntos, y entre charlas, risas y promesas de volver a vernos otra vez antes de irnos de Bariloche, nos fuimos a descansar para esperar al nuevo día.

 

 

 

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