La barcaza rumbo a la isla de Chiloé demoró 4 horas en llegar. Al rato de salir pasamos por una zona de “turbulencias” versión barco. A Wa no le afectó, pero yo tuve que recostarme en el asiento para controlar a mi estómago, mientras veía gente que, tambaleándose, rebotando cual bolita de pinball entre las filas de asientos y con la cara colorada pasaba rumbo a proa, probablemente para tomar un poco de aire fresco y evitar largar por la salida incorrecta lo que habían almorzado.

 

QUELLON

 

 

Como entramos a la isla de Chiloé por debajo, la primera ciudad en donde nos quedamos durante unos días fue Quellón. Nuestra llegada fue recibida por, cómo no, la lluvia, y el grito de dos muchachos que al pasar nos dijeron “¡Hola gringos!”.

Lo primero que salta a la vista son las casitas, que luego nos enteraríamos, cumplen con un formato bastante típico de la isla. Las tejas verticales y los vívidos colores están por todas partes, pero si bien para nosotros fueron muy notorias y llamativas en Quellón, la vista de estas casitas iría incrementándose en la zona “rural” que visitaríamos luego y en la capital de la isla (Castro).

 

Este tipo de “tejas verticales” son típicas de Chiloé.

 

Quellón, como prácticamente toda la isla de Chiloé, basa la mayor parte de sus ganancias en la pesca (sobre todo del salmón y algunos moluscos como el chorito, por ejemplo). La primera persona que nos hospedó se dedicaba al buceo, pero no al recreativo, como nosotros creíamos al principio, sino que trabajaba para las compañías salmoneras. Cuando un barco pesquero tenía problemas, estos buzos bajaban metros bajo el agua y a intervalos máximos de 25 minutos (lo que les permite la cantidad de oxígeno dentro de sus bombonas) para solucionarlo. Nuestro couch nos contó que, si bien este es un trabajo de riesgo hoy día, hace unos años atrás era todavía más peligroso, provocando varias muertes al año. Hoy, una parte del trabajo más peligroso lo realizan robots, además que la indumentaria para los buzos ha mejorado, siendo estos algunos de los motivos por los cuales el riesgo ha disminuído. Nos comentó cosas que desconocíamos completamente, como la forma correcta de subir a la superficie en caso de quedarse sin oxígeno para evitar que el pulmón no soporte la expansión y reviente, o que se puede soldar debajo del agua.

Hito Cero: Un paseo “obligatorio” estando en Quellón es el Hito cero, es decir, el punto en donde comienza la famosa Ruta Panamericana. Sí, ya sé lo que están pensando, a nosotros también nos pareció raro que una ruta que continúa hasta Alaska comience en una isla y no en “tierra firme” donde sí continúa luego, pero así es y el Hito cero se identifica con un monumento similar a dos anclas entrelazadas, y un círculo de banderas que muestran los países que atraviesa.

 

 

Si algo más identifica a la isla de Chiloé, son los mariscos… cocidos y crudos. Si bien nosotros no estamos acostumbrados, convertir casi cualquier molusco en ceviche parece algo común para los chilotes, que es como los habitantes de la isla prefieren identificarse (chilenos no, chilotes). Nuestro primer couch era uno de esos, y gracias a el pudimos probar varios productos del mar típicos de la zona, si bien no podemos decir que los disfrutamos tanto como él. De hecho, yo, que soy bastante más aguerrida a la hora de probar comidas desconocidas sin importar su apariencia ni origen, me acobardé ante una cholga cruda que cuando la abrí para ponerle limón y comerla así nomas, empezó a moverse y tuve que desistir… Incluso casi le pongo nombre y la adopto como mascota. Nuestro anfitrión, intentando remediar el asunto dijo “vamos a ponerle limón primero así la comés mejor”, y cuando le tiró el líquido ácido, la cholga se retorció peor que nunca. Estaba decidido… no iba a comérmela.

El festín viviente.

 

Mientras que yo sólo pude probar crudo aquello que no se estaba moviendo, es decir Piure y lengua de erizo, tengo que reconocer que Wa probó todo, es decir, lo que ya mencioné y además Chorito y Cholga (son muy similares) pero en mi defensa tengo que acotar que el los probó antes y no se dio cuenta si los suyos aún se movían como los míos.

También es momento de confesar que, si bien a mí me encantan los mariscos cocidos, crudos no me gustaron casi nada; incluso el Piure que está tan bien considerado por su sabor fuerte y cargado de mar (tiene un fuerte sabor a Yodo) y en el cual tenía apostadas todas mi fichas, no me gustó ni crudo ni cocido.

Evidentemente nuestro couch fue consciente de nuestro esfuerzo al probar los mariscos crudos, así que otro día nos trajo otro banquete, por el cual yo había preguntado porque había visto carteles en la calle y su nombre me había llamado la atención: nos llevó a comer pichanga. Esta comida consiste en un mejunje de cosas, parecido al gramajo ya conocido por nosotros, pero con otros ingredientes. Según nos contaron, existe la pichanga fría y la caliente; nosotros probamos la caliente, que consistía en papas fritas, longaniza, vienesas (panchos, salchichas, como le digan en tu país), tomate, palta, mayonesa, huevo, y seguro que más cosas que ahora no recuerdo. En resumen, esta comida sí es apta para aquellos amantes de la comida chatarra, que es como está considerada en la isla, de esas comidas que es difícil que no le guste a alguien.

 

 

Luego de pasar unos días con nuestro primer couch, partimos unos kilómetros mas allá, a la casa de nuestros siguientes anfitriones en Quellón, una pareja formada por una chilena y un uruguayo.

Con ellos también pasamos unos días muy agradables, y las conversaciones de sobremesa solían terminar en melancólicos recuerdos del paisito, o comparaciones de palabras y anécdotas de adaptación o consejos de qué probar o visitar en Chile. También hablamos de experiencias que ellos tuvieron, trabajando con niños en Haití, un tema que da para mucha conversación y destape de “creencias” desmentidas, que, así como las desmintieron ellos, esperamos hacerlo nosotros también en un futuro no demasiado lejano cuando estemos por allá.

Estando en su casa hicimos un sendero que luego nos enteraríamos que descubrimos nosotros (al menos para ellos, que desconocían su existencia) el cual nos llevaría a Quellón Viejo, una parte más apartada de la ciudad, donde vimos una empresa que al parecer se dedicaba a la cría y recolección de Choritos, y una iglesia con su respectivo cementerio. Las casas de esta zona estaban dispersas y no eran muchas.

“Criadero” de Choritos.

 

La iglesia de Quellón Viejo.

 

Una noche, fuimos con esta pareja a una taberna local, y en el camino, Wa y yo aprovechamos el paseo para bordear la costanera a la noche. Pudimos ver algunos de los famosos “borrachines” (o curados como dicen en chile) de la zona, y esto quizás no sea la parte más feliz del post, pero según nos contaron y es un hecho que es casi imposible intentar ocultarlo, es muy común ver hombres en estado de ebriedad en Quellón (así como en el resto de la isla), sobre todo en la noche, y la probabilidad aumenta los fines de semana. Suelen ser trabajadores de las pesqueras, que pasando largos períodos en el mar, cuando regresan gastan gran parte de su dinero en diversiones como la bebida, o frecuentar los diversos prostíbulos que, aprovechando la situación, se ubicaron convenientemente sobre en la costanera, cerca del muelle donde arriban los barcos pesqueros.

Así se ve en la noche la costanera.

 

Así se ve durante el día.

 

En cuanto a la taberna a la que fuimos, un chilote amigo de nuestra pareja de anfitriones se unió a nuestra mesa, y aún así, por primera vez en bastante tiempo, en una taberna con carteles de todo el mundo, pero raíces evidentemente españolas, ubicada en una isla dentro de territorio chileno, los uruguayos fuimos mayoría en la mesa.

 

CHONCHI Y SUS ALREDEDORES

 

Nuestra siguiente parada fue una pequeña ciudad con nombre de chanchito de dibujos animados (o al menos, así me suena a mi).

El couch que nos recibió nos entusiasmó tanto con algunos senderos, que al siguiente día de haber llegado emprendimos camino en búsqueda del Muelle del Tiempo.

Si bien el paseo más conocido de la zona era el Muelle de las Almas, nuestro anfitrión nos recomendó otro muelle, que aún no está inaugurado, pero que, comprobándolo con las fotos que nos mostró, era más interesante que el de las Almas. Aún así, nos advirtió que llegar allí iba a ser difícil, no solo por temas logísticos (había que recorrer varios kilómetros a donde nadie va, por lo que llegar ya sería complicado) sino también por el hecho de que como es un lugar que aún no está abierto al público, el sendero no está hecho, lo que implica prácticamente meterse en el bosque e intentar encontrar el camino que lo atraviesa para llegar al muelle. Y cuando digo “encontrar el camino” me refiero a crearlo nosotros.

El comienzo fue bueno, llegamos en un horario razonable… Obviamente un auto nos llevó hasta el Muelle de las Almas que es a donde todo el mundo iba, más aún un día sábado y soleado como pocos en la isla, pero el resto del camino tendríamos que hacerlo a pie por nuestra cuenta.

A veces nos encontrábamos con claros donde pastaban caballos salvajes.

 

El caso es que luego de horas dando vueltas en el bosque, enterrándonos en el barro, saltando ramas, admirando lianas y caballos salvajes, tocando árboles peludos, y atravesando (rompiendo involuntariamente y casi cayendo) puentes que consistían solo en 4 troncos dispuestos horizontalmente, tuvimos que aceptar que no podríamos llegar al muelle antes de que sea demasiado tarde para después volver con luz solar. Y si a la luz nos habíamos perdido tantas veces, sin luces estaríamos perdidos de verdad (sentido figurado y sentido literal). Nos habíamos perdido varias veces, siendo que las únicas referencias que teníamos eran pistas que nos indicaban si íbamos por buen camino o no (como el puente mencionado anteriormente) pero aún así, volvíamos a perdernos, una y otra vez.

Esta zona estaba llena de árboles peluditos.

 

Había lianas por doquier.

 

Y este fue el puente que rompímos al cruzarlo por segunda vez. Mea culpa, obviamente.

 

Con el rabo entre las piernas, volvimos a la ruta, donde una pareja nos llevó casi hasta Chonchi. El pequeño tramo que nos quedaba nos transportó un señor mayor con curiosidad de donde proveníamos porque según el “era evidente que no éramos de allí”.

Nuestra estadía en Chonchi fue corta pero bien aprovechada. Lo que nos esperaba ahora era la capital de la isla.

*ACLARACIÓN: si estás leyendo esto luego de Junio de 2019, es probable que el Muelle del Tiempo ya esté abierto al público, así que podés contarnos si en la época que estás leyendo esto es fácil acceder allá o si sigue siendo muy complicado. Aún así, si lo haces ahora serías el primer viajero en el tiempo que conocemos, porque todavía no llegamos a esa fecha, y si es así, podés contarnos como se hace para viajar en el tiempo… Ese va a ser probablemente el más complicado -de descubrir cómo lograrlo- de todos nuestros viajes.

 

CASTRO, EL EJE CENTRAL DE CHILOÉ

 

Llegando a Castro entendimos lo que nos decían en Quellón “si esto les parece colorido, esperen a llegar a Castro”.

La capital de la isla está llena de casitas de colores, sobre todo las que están elevadas sobre el nivel del mar (palafitos) al entrar a la ciudad. No sólo resultan pintorescas, sino una obra de arquitectura y mantenimiento bastante importante… No debe ser fácil mantener toda esa madera sana y salva en contacto con el agua durante tantos años. Además, tomando en cuenta que la mayoría de las construcciones son de madera (o recubiertas de ella) como prácticamente todas las casitas del Sur de Chile, y que las estufas a leña (llamadas “combustión”) son tan comunes, admiramos la capacidad de sus habitantes para no prender nada fuego.

Palafitos

 

También imaginamos que la condición física de los peatones de la ciudad debe ser excelente, porque la escalera que hay que subir al entrar (al menos por el lado que nosotros entramos) es tan empinada y larga, que casi dejamos los pulmones por allá.

Entrando a la ciudad.

 

Era de tarde y teníamos que hacer un poco de tiempo mientras se hacía la hora que coordinamos con nuestro couch de Castro, así que aprovechamos a recorrer un poco los alrededores. Habíamos intentado entrar a la iglesia que está ubicada en la plaza central, pero estaba cerrada a cal y canto, cosa que nos llamó la atención (y luego nos dirían que, en efecto, no era común). Toda la isla de Chiloé está llena de iglesias, que más allá de la creencia religiosa de cada quien, es muy recomendable visitarlas, aunque sólo sea desde un punto de vista arquitectónico o artístico.

La iglesia ubicada en la plaza central.

 

Estos carteles están por todos lados en varias partes de Chiloé. Para nosotros, que venimos de un país donde lo más catastrófico que puede pasar es que sople fuerte el viento, este tipo de señales son toda una novedad.

 

Nos habían recomendado probar una especie de tortita salada hecha con una pasta de papa (la mitad cruda y la otra mitad hervida) llamada Milcado. Según nos dijeron podía tener varias cosas como relleno, pero lo más común era el chicharrón, que, si bien para nosotros significa grasa frita, en Chile es carne, generalmente de cordero (y solo con algo de grasa) frita. Nos habían recomendado un lugar que los vendían, frente a la sucursal de buses. Más por casualidad que buscándola llegamos a la terminal, y vimos en frente un puesto abierto que vendía comida. Cuando cruzamos, sin llegar siquiera a acercarnos al mostrador pero entrando en el campo visual de las vendedoras, todo se transformó de repente en una suerte de barrio rojo de Francia, pero en vez de ser polleras las que se elevaban, eran repasadores, mantelitos que tapaban las canastas que tenían sobre la mesa, dejando ver comida de apariencia apetitosa, y comenzando a gritar todas a la vez cosas como “¡empanadas, de mariscos, de chicharrón, milcado, empanada, empanada, milcado, marisco!”… Todo esto en segundos, y no vimos que pararan a respirar mientras gritaban. Sé que contarlo nunca va a ser tan impactante como vivirlo, pero a nosotros nos paralizó; nos detuvimos en seco y lo único que Wa atinó a decirme es “andá, compráles un milcado, algo, lo que sea, pero que no hagan más ruido”.

Resultó ser que el milcado no estaba mal, pero no es algo que compraríamos nuevamente, no porque no sea rico, pero capaz nos habíamos hecho una idea demasiado inflada de él, o simplemente no nos llamó tanto la atención como esperábamos.

Este es el famoso Milcado.

 

Nuestro anfitrión en Castro resultó compartir nuestros gustos en animación japonesa y películas, así que pasamos días muy entretenidos con largas charlas recomendándonos películas (no era una tarea fácil, habíamos visto casi todas las mismas) y series, incluso intercambiando algunas.

Como nuestra estadía era corta, uno de los días que nos quedamos fuimos a la isla de Aucar. Nos dio curiosidad porque según nos habían dicho, en esa isla sólo había dos cosas: una iglesia y un cementerio.

En nuestro camino, descubrimos un pueblito en donde el alumbrado público estaba completamente abastecido por energía solar.

 

También pasamos por un pueblito al que me gustaba llamar “el de las escaleritas” porque había varias casas donde la única forma de acceder a ellas era por escaleras de todo tipo. Pero el resto del mundo la conocía como Dalcahue.

 

La forma de llegar a la isla Aucar era muy pintoresca: había que atravesar un puente de varios metros de largo, caminando, que iba todo sobre el nivel del mar. Más adelante nos enteraríamos que luego de las 17 hs, el nivel del agua sube, cubriendo parte del puente haciendo inevitable tener que sumergirse un poco para salir de la isla. No fue nuestro problema ya que llegamos y nos fuimos antes de ese horario, pero la verdad es que en ese momento no lo sabíamos.

Así se veía desde la costa.

 

Así se vé cuando te parás a reflexionar sobre la vida en medio del puente.

 

Así llegando a la isla.

 

Y así se vé cuando volves a la costa y un cortejo de gaviotas te está esperando en la baranda del puente.

 

 

El paseo vale mucho la pena, la isla está muy prolija, con varios mini-senderos alrededor de la misma, y la visión de la iglesia a contraluz es casi idílica; y no hablo del interior de la misma porque, una vez más, no pudimos entrar… estaba cerrada. De todas formas, nos dijeron que esa permanecía casi siempre cerrada; aparentemente sólo abría los domingos en horario de misa.

 

 

 

Aprovechamos también el paseo para entrar a unas cataratas que nos quedaban en el camino “Cataratas de Tocohiue”. El costo para entrar era de 500 pesos por persona, pero no había nadie en la entrada para cobrarnos, así que simplemente entramos. Sólo había una pareja dentro del parque además de nosotros y si bien no hicimos los dos senderos que había marcados, pudimos apreciar las cataratas desde distintos ángulos. Luego nos enteraríamos que al no hacer el sendero más alto, hubo una catarata que no llegamos a ver.

 

Esta fue la catarata que sí vimos.

 

 A la salida, una señora salió desde dentro de una construcción, y con un tenedor en la mano nos preguntó si habíamos pagado la entrada. Le explicamos que no había nadie, así que le dimos el dinero a ella… No sabíamos si sería la persona que regentaba el lugar, pero ante la posible amenaza implícita de un tenedor clavado en la clavícula, no hicimos más preguntas y simplemente le pagamos a ella.

De vuelta en Castro pudimos, esta vez sí, ingresar a la iglesia ubicada en el centro, y comprobamos que era tan hermosa como la pintaban los libros que habíamos visto y los comentarios de nuestros respectivos anfitriones. Está construida enteramente de madera, y tiene estatuas muy vívidas que representan personajes y situaciones Bíblicas. Es probablemente un festín a la vista de un profesional en arquitectura, pero también lo es a la vista de una persona común y corriente como nosotros… Es realmente difícil no maravillarse ante tanto arte.

Según nos contaron y vimos en algunas fotos, hay días específicos donde se hacen procesiones, y utilizan esta estatua, llevándola sobre los hombros entre varias personas.

 

 

Luego de pasar dos noches en Castro, emprendimos retirada a tierra firme, con destino Puerto Montt, donde nos esperaba una situación bastante peculiar, pero realmente necesaria, y que casi no creíamos posible que llegara en el momento justo… Pero llegó.

A punto de subir al barco que cruza gratuitamente a los peatones hacia el otro lado de la costa, y te deja a escasos kilómetros de Puerto Montt.

 

 

A donde quieras ir, siempre hay caminos (ya hechos o esperando a ser creados).

 

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