La mañana nos encontró al costado de la ruta, en Marayes, haciendo dedo rumbo a Pagancillo.

 

Acampando en Marayes

 

La gente del pueblo pasaba y nos saludaba, hasta que un señor que se sienta en un árbol cercano nos pregunta si íbamos hacia Valle Fértil.

Resulta que Valle Fértil es un pueblo bastante turístico, famoso por el Valle de la Luna que está bastante cerca, en Ischigualasto, y desde donde salen excursiones todos los días. No pensábamos ir allá, más que nada por temas de costos y además, nuestro plan es visitar el Valle de la Luna de Chile, pero pasar por Valle Fértil es inevitable ya que nos queda de camino a Pagancillo.

­­—Sí, vamos para ese lado.
—Ah, porque ese micro que viene ahí va para allá. Sale 150 pesos —nos dijo el señor.

Si bien no solemos tomar buses, decidimos aprovechar y tomar el bus.

Unas 4 horas después, y habiendo pasado por hermosos paisajes, escuchando la conversación de las 3 señoras que venían atrás nuestro, de las cuales una de ellas parece que no se iba de paseo hacía mucho tiempo y estaba muy contenta, llegamos a Valle Fértil.

 

VALLE FÉRTIL

 

No era un feo pueblo, pero como todo pueblo que sobrevive a base del turismo, tenía detalles bastante molestos, como que apenas bajamos del bus nos quisieron conseguir un hostel, y vendernos un tour hacia el Valle de la Luna, y que un turista nos preguntó que si pensábamos ir ahí podíamos ir con el y repartir gastos. Era como que todo el mundo intentaba cobrarnos algo. Tuvimos que decir varias veces que no queríamos ir al Valle de la Luna, para acto seguido, huir en busca de un lugar donde comprar pan y seguir haciendo dedo.

En nuestra búsqueda de un almacén barato, nos dimos cuenta que las calles del pueblo estaban llenas de barro, cosa que se hacía incómoda cuando te dabas cuenta que a veces las veredas eran inexistentes, y que mucha gente andaba en bici, salpicando barro para todos lados. Pero bueno, detalles, detalles, no nos pongamos quisquillosos.

Conseguimos un pan enorme que nos duraría dos días, y un poco de fiambre, y con la bolsita del almacén en mano nos fuimos a hacer dedo a la ruta.

 

Bastante rato estuvimos esperando, en una zona alejada del pueblo, donde cada dos por tres pasaba algún caballo medio perdido, hasta que finalmente, una camioneta se detiene y nos invita a subir en la caja. Encantados, nos pegamos tremendo paseo por rutas con formas de olas y vacas que nos miraban al pasar.

 

LOS BALDECITOS

 

Finalmente, llegamos a un lugar llamado “Los Baldecitos”, y digo lugar porque no sé si daba para llamarlo pueblo, de tan chiquito que era. Bueno ok, en realidad sí que era un pueblo así que llamémosle como tal.

Al principio del pueblo, nos daba la bienvenida un dinosaurio.

 

 

Resulta que ese dinosaurio está ahí, porque en este pueblito vivía un señor llamado Victorino Herrera, que fue quien descubrió, en el noroeste Argentina, en la zona de Ischigualasto, los restos fósiles de un dinosaurio al cual se le llamó Herrerasaurus en honor a él.

Así que básicamente, el único atractivo turístico en “Los Baldecitos”, es conocer la casa del señor Herrera. También cuenta con un comedor y una hostería.
La hostería, vimos el cartel, pero no nos quedó claro en dónde estaba.

 

 

Al rato nos levanta una familia, y nos deja apenas un kilómetro y algo más allá, en el cruce de rutas desde donde teníamos que continuar haciendo dedo.

Y se vé que hoy era el día de los buses, porque al rato de estar esperando pasa uno, y por curiosidad lo paramos y consultamos el precio: era tan barato, que decidimos tomarlo (50 pesos argentinos) y de esa forma llegar rápido a Pagancillo, a donde se suponía que llegaríamos ayer.

 

PAGANCILLO

 

Pagancillo fue un pueblo que nos gustó. Sencillo, chiquito y prolijo. Tenía lo necesario, toda la gente se conocía, y pasaba un río bien finito cerca.

 

 

 

Había una plaza central muy linda, llena de juegos para niños, varios almacenes, una iglesia, un club de eventos, un comedor, etc. Todo en versión micro.

 

En este pueblo, la mayoría de la gente, según nos contaron, trabajan en el Parque Talampaya, o en el Parque del cañón Arcoiris. Parece que antes, todos trabajaban para el Talampaya, pero en algún momento, hubo algún tipo de problema con la dirección del Parque, ocasionando que mucha gente dejara su trabajo allí. Luego, toda esa gente que se fue, formó un grupo de guías y comenzaron a organizar visitas al cañón Arcoíris, que es más pequeño que el Talampaya pero según dicen tiene su encanto.

 

Nuestra idea era visitar el Cañón del Talampaya, era uno de esos lugares obligatorios a donde queríamos ir, principalmente Wa que quería estar dentro de un cañón. La parte mala, era que según habíamos averiguado, era bastante caro, así que tendríamos que ver cómo podíamos costearnos el paseo.

 

CAÑÓN DE TALAMPAYA

 

En Pagancillo, dimos con un ex guía de Talampaya, así que nos pudo dar bastante información al respecto, y juntando eso con lo que aprendimos nosotros, vamos a tratar de transmitirles esos consejos a ustedes, queridos lectores que quieren ir a visitarlo también.

A ver, la cosa es así: el Parque de Talampaya es un lugar enorme, a donde la mayoría de la gente llega en auto porque queda en medio de la ruta, a unos 35 kilometros de Pagancillo, por la ruta 76.

Una vez que llegás, no es necesario pagar entrada para pasar al parque; hay una parte con mesitas y un sendero que recorre parte del parque (donde solo ves llamas, lagartijas, arbustos y arena). También podés entrar al Sendero del Triásico, que es un caminito de 230 metros donde ves en orden cronológico, representaciones a tamaño real de los distintos dinosaurios que habitaban en esa zona.

 

Dato nerd innecesario:
El Triásico es el período anterior al período Jurásico.

 

Sé que son estatuas, pero yo cuando veo dinosaurios en tamaño real me emociono, no sé, me encantan.

 


Porque ahora no solo viajamos por el mundo, sino que también viajamos en el tiempo.

 

Dinosaurios en Talampaya chocando los 5

“¡Chocá los 5 hermano!”

 

Hasta acá todo bien, todo gratis.

La parte dolorosa viene cuando querés ir a ver el famoso cañón, motivo por el cual probablemente estés en el Parque Talampaya.

Tenés que dirigirte a la parte donde están las agencias que organizan los tours, y meterte en la más grande que es donde venden excursiones en camioneta y también la entrada general.

Y acá prestá atención porque no te lo dicen en el parque: si querés ver el cañón, tenés que pagar una entrada general con la cual TENÉS DERECHO A UN PASEO EN CAMIONETA HASTA LA ENTRADA DEL CAÑÓN.

Aclaro esto porque vimos con nuestros propios ojos y escuchamos con nuestros oídos, como a los dos chicos Holandeses que nos llevaron hasta el Parque, el señor del mostrador les decía que si querían ver el cañón tenían que pagar una excursión, y no les mencionaban el paseo gratuito que te viene con la entrada. Bueno, gratuito no, es el precio de la entrada, la cual es obligatoria si querés ver el cañón.

Así que ya saben, si están en modo económico como nosotros, pero quieren ver el cañón, cuando compren la entrada pidan que los agenden para la visita que viene incluída. Es cierto que es sólo hasta la “puerta” del cañón, pero al menos van a poder verlo.

PRECIOS: a Octubre de 2018, la entrada general cuesta 300 pesos argentinos, pero si sos Argentino te sale 140 pesos. También tenés grandes descuentos por jubilado o estudiante (creo que salía unos 60 pesos aproximadamente).

TIP MOCHILERO RATA: si son de Uruguay como nosotros, que hablamos prácticamente igual que los Argentinos, y no les remuerde la conciencia una mentirita piadosa, pueden decir que son de algún lugar de Argentina y pagar la entrada de 140. No les piden documento ni nada probatorio, así que es sólo decir de qué ciudad Argentina “son”, y listo.

 

Una vez abonada la entrada, le piden al que se las vendió que los agende para el paseo que viene incluído (si no la piden, probablemente no se los ofrezcan y traten de venderles otra excursión más cara).

El paseo incluído es una vez al día, a las 16:30 hs.

 

Ahora bien, para quienes prefieran pagar una excursión, pueden elegir entre las excursiones en camioneta, o las que son a pie o en bicicleta.

La agencia que les vende las entradas es la misma que vende los tour en camioneta, que van desde los 830 pasando por 910, y si no mal recuerdo, la más cara costaba algo asi como mil y algo. Se pueden elegir tours en camioneta, bastante tranqui, o también algo más aventurero como un safari en MoviTrack, que es una camioneta grande, con asientos en el techo. Los tours incluyen charlas guiadas, paradas para sacar fotos, etc.

Después, al lado de esta agencia, se encuentra la otra, más pequeña, que ofrece tours guiados subiendo algunas elevaciones, ya sea caminando o en bicicleta. Estos tours son algo más baratos, alrededor de los 700 pesos argentinos.

Y si tenés que esperar, como nos pasó a nosotros, tenés un restaurante que suele estar lleno y donde te cobran un ojo de la cara (la verdad sea dicha), o la opción económica que es quedarte en una especie de “lobby” al lado de los baños, donde hay sillones muy cómodos, cargadores de celulares, y una hermosa mini biblioteca de donde podés sacar cualquier libro y ponerte a leer.

También podés recorrer unas mini tiendas de souvenirs y dulces de la zona donde no pueden faltar los alfajores. Pero nuevamente, a precios de turista.

 

NUESTRA EXPERIENCIA TALAMPAYESCA Y DE COMO LIGAMOS EXCURSION GRATAROLA

 

En nuestro caso, salímos de Pagancillo bien temprano en la mañana porque nos dijeron que a veces las mismas camionetas que iban a buscar a los trabajadores a Pagancillo para llevarlos al Parque levantaban gente. Luego nos daríamos cuenta que se referían a las camionetas del Cañón Arcoíris, no las del Talampaya.

Esperamos hasta las 8 de la matina, donde vimos aparecer las camionetas con el logo del Talampaya. Cuando se detuvo una para que se subiera la gente que las estaba esperando, nos acercamos a preguntarles si nos podían llevar. Nos dijeron que no tenían más espacio pero que en unos minutos pasaría otra, y quizás podíamos ir allí.

A eso de 8:15 pasó la segunda camioneta, y si bien le hicimos dedo, no se detuvo.

Continuamos esperando por horas, hasta que un auto de la policía se detiene y nos recomienda caminar unos metros más hasta el puesto de control policial que hay a unos kilómetros del pueblo, que ellos iban a avisarles a los que estaban allá.

Una vez llegamos al puesto, nos ubicamos unos metros mas adelante del puesto y esperamos.

Allá al rato, vemos un auto al cual detienen los policías del control, intercambian algunas palabras, y acto seguido el auto se detiene delante nuestro. Nunca supimos si los policías les pidieron que nos llevaran o no.

Las ventanillas se abren y dos cabecitas jóvenes y rubias nos dicen que sí, cuando les decimos que vamos al Talampaya. Pero primero, el muchacho en el asiento del acompañante se baja para acomodar el asiento trasero que estaba lleno de bolsitas de snacks y botellas de agua.

Cuando el muchacho empezó a salir del auto, Wa y yo tuvimos que levantar la mirada cada vez más, preguntándonos cuándo terminaría de salir ese larguirucho cuerpo del auto.

Resulta que nuestros transportistas esta vez eran dos holandeses, hiper rubios y kilométricamente altos, que se alegraban mucho de encontrar alguien que hablara inglés en Argentina, porque ellos no sabían una gota de español.

Nos contaron que estaban viajando hacía un par de meses por América del Sur.

No me aguanté y les pregunté si jugaban al básquetbol … no podía quitarme de la cabeza la comparación de ellos dos con los extraterrestres altísimos de la película Space Jam (no por lo de extraterrestres, sino por la altura). Para mi sorpresa, ninguno jugaba al básquetbol, sino que jugaban waterpolo. Luego, más adelante en el viaje, descubriría que la altura es una característica de los holandeses en general.

Una vez en el Talampaya, nos separamos y fuimos a adquirir nuestra entrada, haciéndonos pasar por residentes de Puerto Madryn, Argentina, pagando asi 140 pesos en lugar de 300. Habiendo visto antes los precios de las excursiones y ya resignándonos a ver el cañón desde la entrada nomás, le pedimos al muchacho que nos reservara hora para el paseo que viene incluído con la entrada.

Eran las 12 y teníamos que esperar hasta las 16:30, que era la única vez al día que salía ese paseo.

Esas 4 horas y pico las aprovechamos para comer el pan con fiambre que habíamos llevado en las mesitas que hay en el parque, recorrer el Sendero del Triásico y hacer el otro sendero que es básicamente caminar por el parque.

 

 

Luego de todo eso, todavía nos quedaban como dos horas de espera, así que nos fuimos al restaurante a ver cuanto costaba un café, para ver si de repente podíamos conseguir wifi y aunque sea adelantar algo del blog mediante el celular, o sólo navegar por la web. Un café costaba como 90 pesos, lo cual nos pareció extremadamente caro, así que pegamos media vuelta y nos fuimos al “lobby” al lado de los baños. Nos hundimos en los sillones, y pusimos a cargar los celulares, como para hacer algo.

Ahí fue cuando me percaté de la presencia de un armario con puertas de vidrio a través de los cuales vi muchos libros llamándome (una pequeña biblioteca gratuita) así que rauda y veloz, pregunté al personal del Parque si alguien podría abrir la biblioteca para ponerme a leer. Me dijeron que preguntara con el chico del restaurante, y cuando fui hacia allá, un muchacho me dijo que ya estaba abierta. Estuve intentando abrir la puerta de la bilbioteca como un mandril hasta que rendida me acerqué nuevamente al chico del restaurante, quien amablemente me acompañó, y con un leve tironcito abrió las puertas al paraíso literario. Sintiéndome el mono tití más torpe del mundo, agarré un libro de relatos de detectives y asesinatos y me fui al sillón con Wa, a leer.

Cuando finalmente se hicieron las 16:30, nos acercamos a la parte desde donde salían todos los buses, pero el nuestro nunca apareció.

Nos dirigimos al mostrador, en donde compramos la entrada, y nos dijeron que la camioneta estaba un poco atrasada, que probablemente tendríamos que salir a eso de las 17 hs.

Bien, yo seguí leyendo el libro, y Wa jugaba en el celular.

Cuando se hicieron las 17 hs, fuimos nuevamente a la parte desde donde salían los buses, y ya éramos varias personas esperando, hasta que a las 17:15 hs, y dado que ya estábamos cerca del horario de cierre del parque, se acerca el muchacho de la agencia y nos comunica que la camioneta seguía atrasada y no sabían cuánto podía demorar, así que tenía dos opciones para ofrecernos: o podíamos volver al día siguiente y hacer el paseo, ya que según el la entrada duraba dos días, o podíamos volver al día siguiente y hacer la excursión completa, la que costaría 830 c/u, gratis, a modo de disculpa por no poder hacer el paseo “gratuito” ese día.

Hubo gente que quería que le devolvieran el dinero de la entrada porque no podían volver al día siguiente, pero como a nosotros tiempo es lo que nos sobra, obviamente elegimos la opción de hacer la excursión completa gratis al día siguiente, y nos fuimos rapidito, no sea cosa que llegara la camioneta demorada y nos aguara la suerte.

Volver a Pagancillo fue muy complicado. Si bien salían varias camionetas del parque, ninguna nos quería llevar. Sólo se detuvo una para decirnos que podía llevar a uno de nosotros, lo cual obviamente, no era negocio.

 

 

Finalmente, luego de unas 2 horas y algo de espera, un auto gris se detiene, y cuando se abre la ventanilla, vemos al muchacho del restaurante, ese que tuve que venir a abrirme la puerta de la biblioteca porque yo no podía, acompañado de una chica a la cual le habíamos preguntado dónde comprar las entradas cuando llegamos al parque.

Ambos vivían en Pagancillo, así que nos llevaron hasta allá.

 

Al día siguiente, partíamos una vez más rumbo al Parque Talampaya. Teníamos que llegar antes de las 09:00 ya que la excursión comenzaba 09:30 pero recomendaban estar media hora antes.

Esta vez, la espera fue bastante corta para lo que venimos acostumbrados en el Norte de Argentina; en menos de una hora, a eso de las 8:15 se detiene una camioneta blanca de esas tipo mini bus, y nos hace subir.

Acá fue cuando nos dimos cuenta que la camioneta que llevaba gente haciendo dedo de la cual habíamos averiguado, era esta, y era del Cañón Arcoíris. Obviamente el conductor aprovechó para comentarnos que era un lindo cañón para visitar también. Enseguida se sube el señor que trabaja en la parte de los tours caminando y en bici del Talampaya, porque también lo dejaban a el en el Parque Talampaya; tomando en cuenta que la gente que trabaja en el Cañón Arcoíris son extrabajadores del Talampaya, asumimos que ese señor sería conocido de ellos y por eso lo llevaban a el también, aunque no trabaje en el mismo parque.

Así que en resumen, llegamos antes de las 09:00 al Parque, y pudimos hacer la excursión completa sin inconvenientes.

 

EXCURSION CAÑÓN DE TALAMPAYA – LAS CUATRO ESTACIONES

 

Nos tocó hacer el paseo con muchísimos jubilados, ya que ellos tienen importantes descuentos en las excursiones de Talampaya. Creo que los únicos extranjeros éramos nosotros y dos chicos franceses, y los cuatro íbamos en el fondo del bus, como unidos por algún tipo de fuerza que nos hacía ir juntos… o quizás solo fue porque éramos los más jóvenes y dejamos pasar a todos los jubilados antes.

Fue muy gracioso porque cuando subimos, todos los demás estaban ya sentados en sus respectivos asientos, y al vernos uno de ellos gritó “¡Una pareja joven! ¡Van jóvenes con nosotros!” a lo que otros vitorearon, como si fuésemos celebridades.

Por este tipo de cosas a Wa y a mi nos encanta viajar con gente mayor; siempre son muy graciosos y tiene más vitalidad que mucha gente joven, además de que también suelen ser bastante tiernos en el trato.

Volviendo al tema de la excursión, la misma duró unas 2 horas y media, y se divdía en 4 partes:

 

1: PETROGLIFOS: en esta parte recorrimos varias pasarelas donde nos mostraron unos dibujos rupestres con miles de años de antigüedad, realizados por tribus diaguitas, en piedras que según estiman cayeron en algún momento del cañón hasta el piso. También nos explicaron que la palabra “Petra” significa “Piedra”, y “Glifos” significa “tallar” así que básicamente un petroglifo es un tallado en piedra.

 

Petroglifos en Talampaya

 

También vimos una especie de mortero con muchísimos años de antigüedad, y muchos agujeritos.

 

Mortero de Diaguitas en sendero Talampaya

 

Sucedió una situación muy graciosa con un señor bastante particular. Resulta que ya en más de una oportunidad, este señor se había puesto a cantar algún tango, impulsado por alguna palabra que la guía dijo, había hecho alguna broma, en fin, este tipo de señores que te alegran el viaje. En un momento dado, se acerca a los franceses, y les pregunta “where are you from?” a lo que ellos responden “France”, y el señor se pone a decirles algunas frases en francés, con una sonrisa de oreja a oreja.

Acto seguido, se arrima a nosotros y nos pregunta “where are you from?” a lo que nosotros, con nuestro acento más canario le respondemos “¡De Uruguay! ¡Acá al lado! ¡Hablamos español!”; el señor se comenzó a reír mucho, y nos dijo que seguro es la mejor anécdota de todo el paseo. Nos dijo que por nuestros rasgos creyó que éramos europeos. Después de eso, le iba contando la anécdota a cada persona que agarraba para conversar, hasta que todo el bus se enteró del tema.

 

2: JARDÍN BOTÁNICO: varios kilómetros después, y habiendo avistado desde la camioneta a una mamá suri con sus hijitos, y varias maras, llegamos al Jardín Botánico.

 

 

Ese nombre le es dado por la cantidad de vegetación que creció en esta zona, formando como una especie de isla verde en medio de las rocas. Es algo bastante impresionante de ver, la verdad, y se nota el cambio de aire en esa zona.

En una parte en particular de este sector, la guía nos hizo poner frente a una cavidad en la roca, y nos pidió que, a la cuenta de 3, gritásemos todos juntos. El resultado, fue la respuesta que trajo el viento a nuestro propio saludo. Sí, el viejo y querido eco.

 

3: CATEDRAL GÓTICA: esta zona lleva este nombre por la formación de las rocas, que recuerda a las construcciones góticas, con pronunciadas puntas y desniveles.

Acá también nos mostraron la roca del Rey Mago en su camello, para la cual no se necesita demasiada imaginación para verla.

 

Foto rey mago en Talampaya

 

 

También había una roca con forma de cara de buitre, algo más difícil de ver, pero una vez que la ves no podés dejar de hacerlo.

 

A ver quien divisa al buitre

 

Dicho sea de paso, habían muchos buitres en la zona, de hecho, podían verse sus excrementos blancos en lo alto del cañón.

 

4: EL MONJE: Esta es la última parte de la excursión, y es una zona en donde hay diversas formas rocosas con nombres de cosas que se le parecen. Lo primero que se vé es “La Torre” y “El Tótem”, apenas bajamos del bus.

 

 

 

A eso le siguen unas pasarelas, y el paseo culmina con una hermosa vista desde un mirador, desde donde se vislumbra claramente “El Monje”, la forma más icónica de la zona. Justo al lado de este se levanta “La Botella”, bastante reconocible.

 

talampaya monje y botella

 

Luego de eso, el bus nos deja nuevamente en el punto de partida, en el punto del cual salen los buses del parque.

Nosotros luego de eso, nos fuimos directamente a la ruta a hacer dedo. En ese momento eran las 12:00 hs aproximadamente y teníamos mucha confianza en que no podía ser tan difícil comenzando a hacer dedo a esa hora. Es cierto que la 76 no es una ruta muy transitada, pero considerábamos que era suficientemente temprano como para agarrar varios autos que salieran del parque luego de hacer alguna excursión, o que vinieran de otras ciudades.

Bueno, no era tan así.

Estuvimos esperando 4 horas a que alguien nos levantara. De hecho, sabíamos que a eso de las 16:15 pasaba un bus que iba rumbo a Pagancillo (y después ya no pasaba ninguno hasta las 20:30 hs) así que sabíamos que no nos íbamos a quedar varados, pero aún así, la idea es movernos lo más que podamos a dedo, y además, nos costaba creer que durante 4 horas nadie nos iba a levantar.

 

Así me dejan las largas esperas bajo el sol… reaccionando raro.

 

Después de haber pateado piedras, literalmente, ya sea jugando a la pasadita o a nuestro ya típico juego rutero de ver quien deja la piedrita mas cerca del medio de la línea de calle, de haber dormitado sentados en un banquito –el único– debajo de un árbol poco frondoso, de haber sido prácticamente devorados por los mosquitos, y después de haber presenciado el concierto de un pájaro que bien podría ser el primo hermano de R2D2, a juzgar por los sonidos que hacía, una camioneta se detuvo, allá a las 16:00 hs, y nos llevó hasta Pagancillo.

Llegamos muertos de cansados, con sueño, y con ganas de sombra, pero muy felices por haber podido hacer la excursión completa por 140 pesos argentinos cada uno.

Es como todo, lo que para otros puede ser malo, para otro puede significar algo muy bueno, en este caso, el atraso de la camioneta del paseo que viene con la entrada significó algo malo para los dueños del Parque, pero algo positivo para nosotros.

 

UNA ESPERA COMPLICADA

 

Cuando llegó el momento de partir de Pagancillo, nuestra idea era pasar por un pueblito muy chico llamado “Aicuña”. Según nos dijeron, la gente allí era muy cálida y el pueblo era muy bonito. Si a eso le sumamos el dato curioso que encontramos por internet, que decía que es donde existe el mayor índice de albinismo del mundo, nuestras ganas de visitarlo iban en aumento. Es cierto que también leímos que a la gente del lugar no les resultaba muy agradable que fueran turistas para verlos a ellos, pero de todas formas, no era nuestro único motivo, y tampoco pensábamos andar cegando albinos con los flashes de las cámaras, sino más bien conocer a la gente del pueblo, ya que nos habían hablado tan lindo de ellos. Según leímos, en ese pueblo la mayoría de la gente tiene el mismo apellido, de origen ormeño, porque hace muchos años atrás acostumbraban a casarse entre familia; ese podía ser también uno de los motivos de la mutación genética que desató el albinismo masivo.

Aún asi, a pesar de nuestras ganas de visitar Aicuña, la espera tan inesperadamente extensa y un poco de destino de ruta nos hizo dejarla de lado.

Primero, hicimos dedo durante unas 2 horas en un lugar a las afueras de pagancillo, sobre la ruta, hasta que apareció un policía en moto y nos aconsejó que fuéramos al control policial (sí, otra vez la misma cantaleta) y le dijéramos a los policías que nos había mandado el Coronel Fulano (no era Fulano, pero tampoco quiero dejar nombres por las dudas).

Nosotros fuimos hasta allá, pero claro que no les dijimos nada a los policías del control porque sentíamos que era como presionarlos de alguna forma, así que nos dedicamos a esperar con el pulgar en alto. Incluso, apareció una pareja de franceses que iban rumbo al Talampaya, y a quienes los policías del control les pidieron que hicieran dedo más lejos de ellos (aparentemente no se podía hacer dedo justo en el control policial); nosotros hablamos un poco con ellos cuando se acercaron a preguntarnos qué tan difícil podía ser y si sabíamos de la existencia de algún bus que fuera para allá. Les avisamos que era muy difícil hacer dedo allí, que no se asustaran si demoraban muchas horas… a los 15 minutos, una camioneta se llevaba a los franceses. Nosotros seguíamos esperando. Dos horas más pasaron al rayo del sol (porque encima de todo, no había ni un árbol y el sol estaba que pela) hasta que apareció la moto del Coronel, volvió a detenerse a nuestro lado y nos preguntó si le habíamos hablado con los policías de parte de el. Con timidez, le dijimos que no, y nos hizo ir con el. Nos acercamos un poco pero nos quedamos a una distancia prudencial, mientras el hablaba con los demás policías, y nos arrimamos más cuando nos hizo señas. El Coronel nos dijo que podíamos quedarnos ahí en el control, que al menos estaríamos bajo techo, y se fue.

Ok, el pobre nos quiso ayudar, pero el tema es que era muy difícil hacer dedo allá, porque estábamos justo donde el policía paraba a los autos que pasaba, entonces era un poco extraño, no sabíamos si hacer dedo antes o después de que el policía los detuviera, y aun así, también era un poco raro para la gente. Además, el policía que estaba alla, es decir, el mismo al que el Coronel sermoneó para decirle que nos dejara estar ahí, tampoco le gustaba mucho nuestra presencia; no nos hechó, pero de repente nos decía que nos convendría ir a otro lado, que ahí no era fácil, que íbamos a demorar mucho.

Al final, como nos sentíamos muy incómodos, y tampoco nos servía demasiado estar ahí, decidimos volver al punto donde habíamos comenzado en la mañana, es decir, a las afueras de Pagancillo.

Una vez allá, pasó como una media hora más (o sea, ya íbamos como 4 hs y media en total haciendo dedo) antes de que parara una camioneta la cual reconocí por haberla visto antes, en la mañana, cuando habíamos comenzado a hacer dedo allí mismo. Era una de esas camionetas con puerta corrediza al costado, y usualmente mucho espacio atrás, así que intentamos ir allí, porque en la cabina ya iba un muchacho manejando y una muchacha de acompañante, quedando espacio solamente para uno más, pero cuando intentamos subir ahí, la muchacha nos dice que mejor vayamos en la cabina con ellos, y poniéndome a upa de Wa, nos acomodamos.

Ella nos explicó entonces, que esa es una camioneta de una empresa fúnebre, y en la parte de atrás es donde suelen ir los muertos, así que no era muy buena idea ir ahí.

También nos dijo que nos habían visto en la mañana, y no podían llevarnos en ese momento porque estaban en horario de trabajo, pero que ahora ya estaban volviendo a su ciudad, y además les habíamos dado pena porque les constaba que hacía mucho que estábamos esperando.

Nos convidaron con Fanta, y nos recomendaron lugares para visitar en su ciudad, en caso que decidiéramos ir para allá. También nos dijeron donde vivían, porque si nos quedábamos varados podíamos ir a su casa (me encantó la forma de darnos la dirección, porque fue algo asi como “llegan al hospital, y desde ahí, la segunda casa a mano derecha, con una moto roja estacionada en el frente”).

Nos dejaron apenas 20 kms más delante de donde estábamos, en una especie de rotonda.

Una vez allá, nos acomodamos a la sombra (que algo había, si bien teníamos que salir corriendo cuando se aproximaba un auto). A unos metros habían unos chicos en moto. Al rato, uno de ellos con apariencia de “wachiturro” se acerca a donde estábamos nosotros, se sienta en una piedra al lado nuestro y comienza un diálogo muy extraño:

–Fuah… me acaba de dejar una mina.

Nosotros pusimos cara de pena y lo dejamos seguir hablando.

­–Sí… es feo. Me pidió un tiempo… estoy destrozado… cansado estoy, cansado de sufrir con el amor…
–¿Hacía mucho tiempo que estaban juntos? –pregunta Wa, con su mejor voz de psicólogo.

–Sí, un montón, como 4… a ver, no esperá… 6 meses ya.

–Ah claro claro… ¿y ahora vas a hacer dedo?

–Sí, no sé, tengo que ir a casa… pasa que además vivía con ella yo. Y con mi suegro. Para mi que fue mi suegro que le metió ideas en la cabeza.

–…

–Pasa que el amor es como un arma ¿viste? Se carga y se dispara.

Después de este pequeño diálogo, ya no sabíamos qué más decir. En este tipo de situaciones somos lo peor que hay, no sabemos como abordar estas situaciones, por mucho que queramos ayudar.

Y tampoco sabíamos como explicarle que su presencia dificultaba que la gente nos llevara, no solo por la cantidad de personas que éramos ahora, sino además por las apariencias; no es por discriminar a nadie, pero es sabido que para hacer dedo uno tiene que mantener una imagen lo más alejada posible del estereotipo que puede despertar desconfianza en el conductor, es decir, evitar taparse la cara, los ojos, verse limpios y prolijos, y sobre todo, no tener aspecto de wachiturro… obviamente que no significa que si lo sos seas una persona peligrosa, pero es innegable que a mucha gente su aspecto y forma de vestir les despierta desconfianza. Por más feo que sea decir esto “en voz alta”, es la realidad.

Al final, luego de un gran silencio, el muchacho se levanta y se vá, dejando una bolsa en el suelo. Al rato vuelve, diciendo que consiguió unas monedas para tomarse un bus, así que se despidió y se fue.

Nosotros continuamos haciendo dedo casi unas 4 horas más, hasta que nos levanta un señor en una camioneta y nos cuenta que iba a Chilecito.

Chilecito era la ciudad a la que pensábamos ir luego de Aicuña, pero dado que ya eran más de las 18 hs, y que una vez llegásemos a la entrada del pueblo había que caminar unos 8 kms para llegar a Aicuña, nos dimos cuenta que nos agarraría la noche antes de llegar al pueblo, y no tenía sentido llegar tan tarde porque sería solo poner la carpa y dormir, asi que descartamos Aicuña, y fuimos directamente a Chilecito, donde además, nos esperaba gente.

 

CHILECITO

 

Nos quedamos unos 3 días en Chilecito, y además de visitar la ciudad, fuimos a una montaña en la cual, hace años atrás, había una mina, la cual ahora está abandonada.

 

 

Debido a esto, el riachuelo que se vé desde arriba de la montaña tiene agua amarilla, debido a los minerales de la zona.

 

 

También nos detuvimos en lo que supusimos era un arroyo provocado por el deshielo, donde el agua era muy cristalina y fresca. Aprovechamos a rellenar las botellas y dos simpáticos perros se acercaron a nosotros, de los cuales uno de ellos con un ojo perturbadoramente blanco, nos siguió todo el camino de vuelta, hasta que hicimos dedo y nos levantó una camioneta y el pobre se tuvo que quedar muy triste viendo como nos íbamos sin el.

 

Con perrito en Chilecito

 

Nuestra última noche en Chilecito transcurrió jugando una partida de T.A.G., un juego que trata básicamente sobre conquistar el mundo, y en donde nos dimos cuenta que como Napoleones somos un desastre.

Nosotros mejor seguimos viajando el mundo, en vez de intentar conquistarlo.

 

 

El Lejano Oeste Argentino Parte II – El Cañón del Talampaya (tips mochileros)
5 (100%) 1 vote

autor
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

borrar formularioEnviar