USHUAIA: un cachito de Europa nórdica en el Fin del Mundo

 

Y como sucede muchísimas veces, las decisiones tomadas a último minuto suelen ser las más disfrutables.

Lo que empezó como un día tranquilo, para recorrer la ciudad, terminó con una corrida de último minuto aprontándonos para un destino imprevisto al otro día.

 

Despertarse envuelta en una nube de aire calentito ­–cortesía del calefactor– y entre lagañas asomarse a la ventana para ver semejante panorama le levanta el ánimo a cualquiera…

 

 

Un cálido baño mañanero nos llevó flotando en una nube de vapor hasta la cocina. Pensábamos usar algunos de los sobrecitos de café que teníamos en la mochila, pero los anfitriones nos invitaron a usar lo que quisiéramos de la heladera, luego de indicarnos también una lata con galletitas y una jarra con café fresco preparado. Café del rico, del de cafetera.

 

Con una taza de café con leche en frente, conocimos a Marina y Jack, la pareja que se estaba hospedando en la casa desde un poquitín antes que nosotros.

Los rasgos de ella podían pertenecer a más de una nacionalidad, no necesariamente de Brasil, pero los pelos y barba anaranjados de el eran la marca inconfundible de su sangre puramente Irlandesa.

Estuvimos charlando en inglés un poquito, haciendo y contestando las típicas preguntas (de dónde son, hasta dónde van, cuánto tiempo, cómo lo hacen, etc) hasta que ellos volvieron a su cuarto y nosotros consideramos que estábamos lo bastante espabilados como para salir a conocer la ciudad de Ushuaia.

 

Ushuaia  es una ciudad que va en subida, probablemente por estar rodeada de montañas. Esto significa que cada tanto se ven empinadas escaleras de cemento para llegar a otra calle. En el caso nuestro, tuvimos que bajarlas para llegar al centro de la ciudad, y obviamente luego subirlas para volver a la casa. Nos preguntamos en varias oportunidades cómo se las arreglaría en el día a día una persona viejita y sin vehiculo que viviera allí…

 

 

Ahora, la verdad sea dicha, todo esto tiene una ventaja enorme:

por donde sea que se mire el paisaje era hermoso.

 

Las montañas nevadas recortaban la ciudad, y no había lugar desde donde no se vieran.

 

 

El centro de Ushuaia parece un pedacito de Europa arrancado y puesto en medio del Fin del Mundo. Las construcciones tienen una estructura que recuerda que los antepasados de estas zonas fueron inmigrantes de aquellos lados, sin lugar a dudas. Si a esto lo acompañamos con reconocidas tiendas a nivel mundial, y los picos nevados de fondo, la ilusión de estar mucho más lejos de lo que en realidad estamos de nuestro país natal es inevitable.

 

 

Para nuestro presupuesto, deliberadamente acotado, pasear por el centro se reducía a mirar las tiendas por fuera (escandalizarnos con algunos precios), admirar las construcciones, estudiar la actitud de la gente, y por supuesto, buscar actividades gratuitas.

Para esto, fuimos al típico Centro de Atención al Turista, donde nos dieron un planito de la ciudad con indicaciones para visitar todas las cosas que la ciudad brindaba y podían ser fuente de intriga para el forastero.

 

Ta, todo muy lindo, pero la mayoría eran pagas.

 

Nos quedamos con ganas de ir al famoso Penal de Ushuaia, clausurado en 1947, pero que todavía quedaba un pedacito intacto. Esa cárcel fue famosa por haber albergado a reclusos muy peligrosos en su época, incluso presos políticos y militares.

Ahí mismo, según decía el papelito, estaba también el Museo Marítimo.

 

Al final, nos tuvimos que conformar con ver de afuera una galería temática de la cárcel, que utilizaba su fachada para darnos un adelanto de lo que podíamos ver adentro, poniendo estatuas de reclusos escapándose por todos lados.

Si bien sólo vimos eso, la fachada, resultó una vista bastante divertida.

Además, pudimos posar como cuidadores de faro, al lado de dos pingüinos re polentones que se vé que tomaban vitaminas para crecer más.

Típica escena de dibujito animado…

 

Daba un poco de respeto pasearse delante de esos uniformados con escopetas…

 

 

Toda la cara de pilluelo…

 

No, no era el sol, estaba encandilada por la luz del faro, ¡a ver si nos ponemos en contexto por favor! (Y no me pregunten qué hacía entonces con una lámpara en la mano, no me estropeen la historia, shhh).

 

También pasamos al lado de una cápsula del tiempo que se edificó en 1992 para ser abierta recién 500 años más adelante, en 2492.

Estas cosas a mi me hacen particular ilusión. Me genera una sensación rara el estar viendo algo donde quizás contribuyó gente que ya no está entre nosotros, y además, que va a ser abierta cuando nosotros ya no estemos (si es que la vida sigue su curso natural, claro está).

Leer ciertas frases en la placa, tales como “el mundo del futuro” y “que preserven y custodien esta cápsula” me eriza los pelitos. No sé si tiene que ver con mi amor a la ciencia ficción, y la curiosidad por el tiempo y el espacio, pero son cosas que me llegan, por más que a lo mejor la mayoría de la gente sólo ve un cacho de cemento sin gracia.

 

A mi no me mueve por lo es, sino por lo que será, y lo que representa y probablemente representará.

 

Era visita obligada pasar por la bahía de Ushuaia, y sin lugar a dudas la recomiendo muchísimo a todo el mundo. Las vistas son sencillamente preciosas, y como una imagen (o dos…) vale más que mil palabras…

 

 

 

Por último, intentamos llegar hasta la “Isla de Lobos”… a ver si adivinan por qué se llama así.

Exacto, allá es a dónde van los lobizones Ushuaiaenses (?) las noches de luna llena y se convierten todos juntitos y ya de paso se bailan un malambo al lado del agua.

 

No.

 

Es una costa de Ushuaia donde aparentemente está llena de lobos marinos, y digo aparentemente porque si bien las ganas estaban, cuando ya íbamos caminando bastante nos dimos cuenta que era más lejos de lo que creíamos, y al final optamos por no llegar hasta allá.

 

Aún así, linda caminata nos pegamos y aprovechamos a sacar algunas fotitos más.

 

 

Acá mientras posaba para la foto, por dentro cantaba la musiquita de Heidi “Ioloroijuuu iooo”.

 

 

Como último paseo para pobres, nos metimos en el cementerio de la ciudad.

Sé que ver esto como un “paseo” puede sonar algo fuerte, o incluso hasta ofensivo, pero obviamente nuestras intenciones al visitarlo no son las de ofender a nadie. Simplemente nos gusta admirar la parte artística que inevitablemente se encuentran en estos lugares, como las estatuas sobre los nichos, o las placas talladas en marfil y oro. Todo esto en silencio y con mucho respeto a lo que estamos viendo.

 

 

En un momento, Wa y yo nos separamos por los caminitos laberínticos del cementerio, y cuando me lo volví a encontrar yo tenía los ojos en compota.

Le tuve que explicar que había estado viendo tumbas en donde solamente te enterabas que había alguien enterrado allí porque habían colocado dos maderitas clavadas desprolijamente en forma de cruz, y puesta sobre la tierra. Hasta llegué a ver dos trozos de marcos de ventana de metal (esas que son como rieles) cruzados; ni un nombre, ni una fecha, ni un “te vamos a extrañar”.

Estas tumbas contrastaban muchísimo con las grandes tumbas de marfil, con decoraciones en oro, placas y muchisimas alhajas, cartas, flores y dedicatorias, que se podían apreciar a menos de 2 metros de estas.

 

 

Si la humildad de las tumbas más sencillas me había puesto triste, este contraste me destruía.

 

No podía evitar pensar en que quizás la persona que descansa en la tumba chiquita era alguien que falleció solo/a, o lejos de sus seres queridos. Que era gente humilde, que no podía invertir en nada más que esos dos trozos de metal cruzados, quizás recogidos de la calle.

 

Capaz nada que ver… capaz la persona que alguna vez estuvo ahí lo prefirió así, quizás ni debería afectarme algo sobre alguien que ni siquiera está acá para ver mis lágrimas, y a lo mejor estoy sufriendo más yo que lo que esa persona esté sufriendo ahora (si es que se encuentra en algún lado), pero no lo pude evitar.

 

A modo de honrar a estas personas, decidí que en lugar de tener una foto de las tumbas millonarias, artísticas y brillantes, quería guardar una imagen de estas otras tumbas, aquellas que pasan desapercibidas, aquellas que nadie mira… aquellos a quien quizás, ya nadie recuerda.

Hoy, yo los voy a honrar (en una forma muy humilde como lo son sus casitas), y de algunas forma hacerles llegar mi afecto, aunque no los haya conocido.

 

 

Sobre las 18:30 volvimos a la casa de nuestros anfitriones. Nos encontramos con unos alegres Marina y Jack cocinando, y aprovechamos la ocasión para intercambiar algunas palabras más.

La charla terminó en una invitación a pasar unos días con ellos en el Parque Nacional de Ushuaia, lugar a donde partirían mañana miércoles.

Entusiasmados con la idea, salimos como chicotazo de nuevo, a ver si podíamos conseguir unas buenas colchonetas inflables para estar un poco más cómodos, porque si algo habíamos aprendido de pocas veces que habíamos dormido en carpa esos días, era que el sobre de dormir sobre el piso, no era ni lo más cómodo, ni lo más sano.

Al final, conseguimos medio a último momento (los locales ya estaban cerrando) unas colchones auto-inflables bastante cómodas.

 

Sí sí, ya sé lo que están pensando: ¿no era que estaban en modo austero, plan ahorro y no sé cuantas cosas más?

 

Bueno, sí, pero nos referimos a gastar poco en supervivencia, en lo esencial. Estas colchonetas iban a ser una inversión, porque luego pensábamos usarlas en futuros viajes.

Incluso buscamos una carpa mejor (de esas que en Uruguay no hay), cosa de poder convertirla en nuestra fiel compañera de ahí en adelante, porque la que teníamos era una carpa de esas súper económicas, de esas que apenas aguantan una lluvia suave, la cual sabíamos que era una compra descartable porque no brindaba la seguridad suficiente como para llevarla a un viaje más grande en el futuro. Pero para unos días, tiraba bien.

Aún así, si bien encontramos una carpa que nos gustó bastante, el precio estaba tan por encima de lo que habíamos pensado que tuvimos que conformarnos con las colchonetas.

 

Con nuestra nueva adquisición bajo el brazo, partimos nuevamente hacia la casa de nuestro anfitrión, no sin antes pasar por un supermercado a conseguir algo de comer para prepararnos esa noche de cena.

 

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