El tramo de Cota hasta Manizales («Capital» del Eje Cafetero) podríamos decir que fue la prueba de fuego para ver qué tan fácil era hacer dedo en Colombia, ya que en los lugares donde habíamos estado o no era viable viajar así (como fue el caso de Bogotá, porque ya saben… no se hace dedo en ciudades grandes) o simplemente no valía la pena, como fue el caso de nuestra visita a Zipaquirá, ya que el bus local era muy barato y la distancia era corta (aunque aun así no nos aguantamos e hicimos dedo en algunos tramos).

 

Ahora tocaba hacer dedo por 290 kilómetros, para conocer un poquito del Eje cafetero.

La verdad es que, como suele sucedernos, este destino se agregó de improviso cuando muchas personas nos recomendaron visitar esta zona, madre absoluta de los mayores cultivos de café de Colombia.

 

Y qué bueno que elegimos hacer caso a las recomendaciones, porque pronto descubriríamos la ciudad que nos gustó más de Colombia, hasta ahora.

 

 

 

 

 

 

 

¿QUÉ ES EL EJE CAFETERO?

 

 

El eje cafetero se le llama a aquella zona de Colombia donde priman los cultivos de café, o dicho de otra forma, la zona en donde se cultiva la mayor cantidad de café del país, siendo esta una de las principales actividades que alimentan la economía Colombiana.

 

Para explicar esta parte se abre una polémica, porque a nosotros nos dijeron que el eje cafetero, también conocido como triángulo cafetero, constaba de 3 departamentos con sus respectivas capitales, pero hay otras versiones que incluyen un cuarto departamento (rompiendo esa cosa del triángulo).

 

Según la versión que nos dieron a nosotros, los departamentos que integran esta zona declarada como patrimonio de la Humanidad por la Unesco, son el departamento de Caldas (capital: Manizales), el de Risalda (capital: Pereira) y el Quindío (capital: Armenia).

En otras versiones, se agrega al departamento de Tolima, con Ibagué como su capital.

 

Nosotros estuvimos únicamente en el departamento de Caldas, y allí visitamos la capital y un pueblo chiquito a las afueras, para ver las dos caras de la zona.

 

 

 

 

 

 

 

EL AUTOSTOP EN LAS RUTAS COLOMBIANAS

 

 

Con esos 290 kilómetros por delante, nos plantamos al costado del asfalto, como tantas otras veces en otros lados. La sonrisa y el dedo al frente como principales armas de confraternidad, pero esta vez, la artillería pesada era algo que comenzamos a usar hace ya algún tiempo, y en rutas como la que estábamos haciendo esta vez era muy importante: la bandera de Uruguay.

 

Nos habían advertido que hacer dedo en Colombia sería difícil por la cantidad de personas de Venezuela que caminaban por las rutas del país intentando que los llevasen, y algunos, hasta colgándose de los camiones de un salto (cosa que luego vimos). El problema no era la competencia, sino la inseguridad: muchos Colombianos no sienten la confianza suficiente para subir a su auto a una persona de Venezuela, por ciertos problemas de delincuencia que, según ellos cuentan, han aumentado desde la llegada de los compatriotas del vecino país. Y como suele suceder, pagan justos por pecadores, porque por unos pocos que encuentran en la delincuencia la única salida, se ven perjudicados todos los venezolanos que llegan a éstas tierras. Como consecuencia de esto, en Colombia ya no funcionaba demasiado esto de hacer dedo (o eso nos dijeron).

Desconocemos si éste aumento de inseguridad es real o no, pero en un intento por facilitar el autostop, procuramos siempre que la bandera de Uruguay se viera lo más claramente posible.

 

No sé si fue la bandera, la sonrisa (que nunca falla), la pinta de “gringos”, como suelen decirnos, o simplemente es algo que está en la cultura del país, pero los tiempos de espera haciendo dedo en la ruta hacia Manizales nunca fueron mayores a una hora y media, así que no podemos catalogar de difícil la experiencia de autostop en Colombia, sino todo lo contrario.

 

Ese día, varios fueron los vehículos que nos llevaron, entre ellos, el conductor de un camión que se detuvo en la ruta para comprarnos un café a cada uno, y aunque no tenía azúcar, la magia colombiana surtió efecto; nosotros que somos los reyes del café excesivamente dulce, pudimos tomarlo sin una pizca de azúcar, no sólo sin esfuerzo, sino además, con disfrute. Colombia, no sé como lo hacés, pero lo hacés.

 

 

La ruta hacia Manizales es sumamente panorámica, y algunos de los pueblitos que nos cruzábamos daban esas ganas que tuvimos que contener, de decirle al chofer «nos bajamos acá» y quedarnos unas noches en esos lugares perdidos y hermosos al costado de la ruta; uno de esos casos fue, a mi gusto, un pueblo llamado «Alto del Vino», al borde de la montaña.

 

Y hablando de montaña, ese era un problema que enfrentábamos ese día; si bien los 289 kilómetros que nos separaban de Manizales no significaban una distancia grande para nosotros (no se olviden que llegamos a recorrer 1000 kms por día en la Patagonia Argentina, cuando hicimos el viaje a Ushuaia, lo que enlentecía el trayecto era el hecho de que esa ruta está llena de curvas que van rodeando las montañas, entonces, un tramo de 60 kms que podría recorrerse comúnmente en una hora, en esta ruta podría llevar 3 o 4 (pero da una vista panorámica de la gran siete).

 

 

Así con todo, la ruta, con curvas o no, te regala momentos inolvidables. Cuando estábamos saliendo de Honda, un pueblito en donde nos dejó el conductor del tercer coche que nos levantaba en el día, atravesábamos una parte algo boscosa, cuando desde un auto parado sobre la ruta nos gritan «¡Hola! ¿Tienen hambre?»; el señor se había quedado sin gasolina, y estaba esperando a alguien que lo iría a socorrer, así que mientras tanto se puso a conversar con esos dos mochileros que pasaban caminando. Explicó que el trabajaba repartiendo meriendas escolares, y nos alargó una bolsita plateada con un sándwiche en su interior, mientras se despedía diciendo «shalom, shalom».

 

El auto que nos sacó de Honda iba manejado por dos amigos veteranos, a quienes no les entendimos a dónde nos estaban llevando, pero sabíamos que era más adelante en la ruta así que aceptamos.

 

Esa noche llegamos a Fresno, un pueblo chico, que no tenía el encanto de sus pueblos vecinos, pero donde nos tocó pernoctar para continuar haciendo dedo al otro día.

 

Ya por esa zona predominaban muchísimo los Jeep, un tipo de auto que a mi particularmente me encanta, y me la pasaba agrandando los ojos cada vez que veía alguno estacionado o que simplemente me pasaba por al lado. Yo estiraba más el dedo, me ponía toda finita para arriba y saltaba cuando veía pasar uno, a ver si tenía la suerte de que nos llevase ese auto que tenía en mi lista mental y, próximamente en papel, de «medios de transporte que quiero que me lleven a dedo».

 

Y adivinen… mis piruetas funcionaron.

 

Un Jeep blanco y verde se detuvo, pero algo andaba mal… 2 personas montadas atrás y uno charlando con el conductor adelante… ¿sería esto un transporte pago?

 

 

Cuando le pregunté al chofer si era gratis, su respuesta fue «como ustedes quieran», a lo que corrimos a buscar las mochilas. Todo el viaje estuvimos en tensión porque esa frase no nos dejó del todo tranquilos, pero la curiosidad de la señora que llevaba una caja con pollitos, y del muchacho que prefirió ir colgado del auto para que nuestras mochilas entrasen, nos distrajo por un rato, mientras respondíamos sus preguntas sobre nosotros y nuestro viaje.

 

Un rato después, llegábamos a Padua, y respiramos aliviados cuando el chofer arrancó el auto saludándonos, sin intenciones algunas de cobrarnos el precio del pasaje.

Ya nos había pasado antes, en Guyana, que nos subimos a un taxi sin saber que era taxi y fue un momento incómodo explicarle al chofer, cuando nos dimos cuenta (o sea, como 40 kms después de habernos subido), que nosotros viajábamos gratis, a dedo.

 

Apenas bajar del jeep, nos dimos cuenta que todo el pueblo estaba sentado en la vereda… y que todos nos miraban con curiosidad.

Nos limitamos a sonreír, comprar unos pancitos en una panadería y buscar la salida del pueblo para hacer dedo, que al ser tan pequeño estaba ahí nomás.

 

Mientras la niebla caía sobre el pueblo, característica típica de estos pueblitos de montaña, un señor de gorrito típico (el estilo de señor que nosotros denominamos «Juan Valdez») caminó detrás de nosotros y se quedó un rato justo en la vereda de en frente, mirándo cómo hacíamos dedo.

 

 

Poco menos de 1 hora pasó cuando un camión se detuvo, y nos invitó a entrar, dejándonos finalmente en la ciudad a la que queríamos llegar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MANIZALES

 

 

No titubeo si digo que, a fecha de hoy y habiendo recorrido ya varias ciudades de Colombia (porque quien escribe es la Joy del futuro) fue Manizales la que se quedó con un trocito de nuestro corazón, llevándose el premio a la ciudad que más nos gustó de este país.

 

 

Y es que esta ciudad se basa en una combinación que no falla: tiene todo lo que una ciudad grande tiene, pero con aire de pueblo.

 

No es que sea una ciudad con algo particular para ver, pero es la ciudad en sí misma la que tiene ese encanto que nos cautivó.

No es un lugar importante que hace que Manizales te quede en la memoria, sino más bien un conjunto de pequeñas cosas, pequeños detalles de su sociedad y cultura, y pequeños lugares, que contribuyeron a que nos gustase tanto.

 

Por ejemplo, desde el primer momento que llegamos nos dimos cuenta que es una ciudad muy limpia y ordenada, con vegetación en las veredas y hasta barrios con bosques al lado.

 

 

Tenía detalles que nos hacían el día y que sólo vimos allá, como bebederos de agua en la vereda para que nunca pases sed… ni vos ni tu mascota, porque el bebedero solía constar de 3 partes: una para rellenar una botella, donde el chorro de agua caía verticalmente, una para tomar «on the go» donde salía un chorrito de agua para arriba como se veía en los bebederos de las antiguas escuelas, y a nivel del suelo estaba el platito que se llenaba al apretar un botón, para que tu mascota tampoco pase tanto calor.

Y no sé a ustedes, pero a nosotros esos detalles nos enamoran.

 

Además, el hecho de que hubiese café por todos lados, y cosas que nunca imaginamos quedarían bien con café.

 

 

 

También nos tocó ver cómo se regalaba comida en la calle, que consistía en ceviche y pescado frito para promocionar la alimentación saludable (obviemos el hecho de que estaba frito). Una larga fila de todo tipo de personas esperaba para recibir su porción, desde indigentes que aprovechaban esta oportunidad para llevarse comida fresca y caliente a la boca, hasta trabajadores en su descanso, e incluso personas muy bien vestidas. 

 

Esto sucedió muy cerca de un lugar que llamaban de forma muy dicharachera “La Plaza de los Pajaritos Caídos” porque era un sitio donde se reunían muchos señores viejitos a conversar… No tengo que explicarles que parte del cuerpo representan los “pajaritos caídos” ¿verdad?

 

 

En cuanto a la gente de Manizales, como era de esperarse viniendo de Colombia, todos fueron siempre súper amables con nosotros, sin llegar a ese punto de Bogotá donde los comerciantes te atosigaban gritándote por la calle para que entrases a su local.

 

En cuanto a zonas para ver, tuvimos el gusto de quedarnos con un nuevo amigo que conocimos allá, y que nos llevó de visita a muchísimos lugares de la ciudad.

Además, nos hizo entrar en muchísimos cafés para apreciar la vista de la ciudad, sin necesidad de tener que consumir algo, y eso, déjenme decirles, es algo muy mochilero rata friendly que se aprecia montón.

 

 

Y hablando de eso, nos encantó que en todos estos lugares donde solamente entrábamos para apreciar la vista o incluso para mirar el local por dentro, la gente que atendía estos lugares nunca nos miró de mala manera por solo entrar a disfrutar de las vistas e irnos, al contrario, siempre nos recibieron con una sonrisa y de la misma forma nos despedían, incluso luego de haber entrado únicamente a curiosear.

 

Y ya que estamos en el tema de la amabilidad, ¿se acuerdan que en el post de Bogotá mencioné que nos tenía impresionados la amabilidad colombiana?

Bueno, en Manizales esa amabilidad se multiplica, y nosotros no cabíamos en nuestro asombro.

Y es que por lo que hemos podido ver, es algo propio del pueblo colombiano, pero en Manizales aprendimos que, no sólo la gente te da los buenos días, las gracias, las bendiciones, y una despedida cordial, sino que además, hay frases que se dicen que son mágicas para nosotros.

Por ejemplo, una escena que nos quedó marcada, es ver a nuestro amigo diciéndole al portero de su complejo de viviendas «Feliz noche» a modo de despedida. A ver… en Uruguay, cuando conocés al portero y te despedís, le decís una frase que puede ser «bueno, que te sea leve» refiriéndose a que esperás que la jornada laboral que le espera por delante sea lo más amena posible, pero attenti, que detrás de éste intento de empatía se esconde el típico carácter negativo (o amargado) que tantas veces caracteriza a nuestra sociedad, ya que al decir que sea leve, estamos haciendo referencia a algo malo (o pesado) que esperamos no lo sea tanto. 

¡En cambio en Colombia la gente dice «Feliz noche»! Una frase que incluye la palabra feliz, o sea, no hay ninguna connotación negativa en esa despedida.

Y eso de que te metas a un restaurante solo para quedarte un rato a disfrutar de la vista, o que entres a un café sólo para ver la decoración del lugar, la filmes, y te vayas, y aún ante todas estas situaciones recibas una sonrisa sincera de despedida acompañada de un «que tengan una buena tarde» es increíble, es el summum de la amabilidad.

Tan impresionados estamos que tenemos miedo de salir malacostumbrados a la amabilidad colombiana y que después cualquier persona nos parezca grosera.

 

Pero basta de hablar de la sociedad, pasemos a los atractivos de la ciudad en sí, que si bien no es una característica principal de esta ciudad, tiene lugares para visitar.

 

Uno de ellos es la iglesia ubicada en la plaza principal, cuyo nombre larguísimo sería “La Iglesia Basílica de Nuestra Señora del Rosario”, desde donde se puede observar toda la ciudad si se sube hasta una especie de esfera que tiene sobre una de sus torres. Lamentablemente, esto tiene costo, asi que nosotros solo la vimos desde abajo, pero no te preocupes que desde ahí también hay algo que ver.

 

 

En lo alto de la iglesia, justo en el medio de la estructura, se irgue una Virgen, de la cual se dice que a donde sea que vayas te está mirando, y este fue el principal motivo por el cual en otras épocas más revoltosas, la plaza era un lugar muy seguro ya que ningún ladrón quería robar bajo la mirada de la Virgen.

 

 

Dentro de esta iglesia, subiendo por el ascensor (siendo ésta la primera vez que vemos una iglesia con ascensor) se llega a un pequeño café que le dá a uno la sensación de estar en París; el ambiente semi derruido de la iglesia con las mesitas de vidrio y las plantas colgantes, convierten a este lugar en algo mágico, siendo la música del acordeón en vivo la cereza del postre.

 

 

Y si hay algo que nos gusta también de Colombia en general, es que uno puede sentarse en cualquier lugar a tomar un café, que sabés que nunca va a dejarte con el presupuesto apretado, porque sea el lugar que sea, sabés que el café siempre va a ser algo accesible.

Nosotros nos dimos el lujo de tomarnos un granizado de café en este lugar idílico, con una vista hermosa escuchando de fondo «La Cumparsita», un conocido tango uruguayo, interpretado por el señor del acordeón.

 

En la plaza principal, justo frente a la plaza, se levanta una estatua un tanto peculiar, ya que se trata de un Simón Bolívar zoomorfo, con cuerpo de águila, el pecho abierto, y la cara flotando delante.

 

 

 

Otro lugar que visitamos en la ciudad, es el barrio llamado «El Cable» que es donde se concentra el mayor movimiento económico de la ciudad.

Éste barrio lleva ese nombre porque en otras épocas, se había levantado allí un sistema de columnas con cables que se utilizaban para transportar los carritos de las minas y de esta forma enviar minerales de una ciudad a otra de manera más rápida.

 

 

A día de hoy, todavía se conservan por la ciudad varias de estas torres, siendo la más importante una que queda al lado de una tienda de café Juan Valdez, y bajo la que uno puede pararse y mirar su estructura de madera.

 

 

Otro punto importante de la ciudad es el «Monumento a los Colonizadores».

Si bien a simple vista puede parecer un monumento más, no hay más que acercarse un poco para empezar a ver la cantidad de detalles de los que está cargado.

Por ejemplo, el monumento está estructurado de tal forma que se divide en dos partes: la agonía y el éxtasis.

 

 

La parte que representa la agonía está ubicada sobre la inclinación de la montaña, y en ella se pueden ver bueyes, burros y arrieros con expresiones de dolor y cansancio en el rostro. Esta parte intenta demostrar, justamente, la agonía por la que tuvieron que pasar los arrieros para llegar a la planicie donde hoy se encuentra la ciudad, y colonizarla, porque no olviden que tanto esta ciudad como gran parte del departamento de Caldas se encuentran entre montañas. Imagínense, si a nosotros en varios autos nos costó varias horas recorrer 290 kilómetros, el esfuerzo que habrán tenido que hacer estas personas y animales para llegar allí, años atrás.

Además, si nos acercamos, podemos distinguir varias construcciones icónicas de la ciudad moldeadas sobre el lomo de los animales, como la iglesia que mencioné antes.

 

 

La otra parte, se ubica sobre un pedestal de cemento y representa el éxtasis de los arrieros cuando llegaron a lo que hoy conocemos como Manizales.

En esta parte se los representa de forma más relajada, y hasta puede verse a una mujer levántando a su hijo en brazos en expresión de triunfo y agradecimiento.

 

 

Ambas partes están de alguna manera unidas con la cuerda de un arriero ubicado en el pedestal, que engancha el hocico de un buey ubicado en la inclinación montañosa, en la zona de la agonía. De esta forma, yo entiendo que intenta dejar en claro que estas dos etapas vienen de la mano, que de alguna manera, después de la tormenta llega la calma, y que el triunfo de estas personas compensó el esfuerzo por el que tuvieron que pasar.

 

 

Justo debajo del monumento, hay un pequeño museo del café, donde se representan varias cosas relativas al procedimiento de creación del mismo, como el secado, horneado, y demás.

Por ahí pudimos encontrar también una caricatura de Gardel, entre otras, y aprovecho el pique para enganchar a otro tema.

 

El tango es la música más popular de Manizales.

 

Esto nos pareció de lo más particular, ya que no esperábamos encontrarnos música nacional de nuestro país allá por Colombia, pero lo cierto es que hay varios bares dedicados al tango, pareciendo un pedacito de Uruguay o de Argentina arrancados de allá y puestos en Manizales.

Vimos al guapo Gardel pintado en varios lugares, en bares, shoppings, etc.

Tampoco era raro ir caminando por la calle y escuchar tango a todo trapo saliendo de algún cafecito o tienda.

 

Un día nos metimos en el Palacio de la Gobernación de Caldas, que es uno de los edificios más importantes del departamento. Lamentablemente, el guardia de la entrada no nos permitía ir más allá de unos pocos pasos porque ya no se permitían las visitas, así que nuestro amigo, residente de Manizales, le dijo que estábamos buscando a una chica amiga de el que trabaja allí, y entonces el guardia nos permitió llegar hasta el primer piso, pero no más de allí.

 

 

No encontramos a la chica que buscábamos, así que nos fuimos un poco derrotados por no haber podido recorrer más ese hermoso edificio que mostraba una arquitectura cargada y lámparas majestuosas, pero justo cuando estábamos saliendo nos cruzamos con la muchacha en cuestión, y ella nos invita a pasar; el guardia tuvo que acceder ya que entrábamos como invitados de ella, que era nada más ni nada menos que la Secretaria General de Agricultura del departamento de Caldas.

 

 

Con ella recorrimos varios lugares del edificio, muchos más de los que habíamos podido ver por nuestra cuenta.

 

La arquitectura del lugar era simplemente hermosa, las decoraciones pomposas, dignas de una casa de gobierno, y estaba lleno de esos cuadros que parece que te siguen con la mirada (para más inri estaban dispuestos al costado de la escalera, igual que en el castillo de Hogwarts).

 

 

Terminamos siendo los 3 invitados a tomar un café en la oficina privada de la Secretaria General de Agricultura, charlando de viajes, porque ella también adoraba viajar.

No pudimos sacar fotos ni filmar allí por respeto, pero era un poco gracioso vernos a nosotros, con nuestras ropas semi roídas, tomando un café en un recinto que transpiraba lujo por todos lados.

 

 

Y para cerrar este paseo por Manizales, les voy a mencionar el Parque Popular Prado.

 

Este parque es un buen ejemplo de cuando se hace algo bien con el dinero del pueblo.

Es un lugar totalmente gratuito, lleno de verde por donde sea que mires. Árboles de todo tipo y extensas planicies de pasto se extienden frente a la vista, y todo está en condiciones óptimas.

Hay juegos gratuitos para los niños, desde los típicos tobogán y hamacas, hasta calesitas y trencitos. 

 

También hay muchísimas zonas para practicar deportes de todo tipo, como piscinas olímpicas y semi-olímpicas abiertas, pistas de motocross, canchas de futbol, voleiball, parrillas para preparar comida al fuego o a gas, pista de bmx, rampas de skate, etc.

Lo mejor, es que cualquier colombiano puede acceder a estas actividades de forma gratuita (desconozco si tiene costo para los turistas) y además, el parque tiene vigilancia privada lo que lo convierte en un lugar muy seguro para andar sin miedo.

 

Sinceramente, es por lejos el mejor parque público que vimos hasta ahora, de todos los países que hemos estado.

 

 

Luego de haber disfrutado de unos días en Manizales, nuestro amigo nos llevó a Chinchiná, un pueblito cafetero donde pasaríamos algunos días más, y donde conoceríamos a un personaje muy querido.

 

 

 

 

 

 

CHINCHINA

 

 

Chinchiná es de esos pueblitos que los turistas no suelen visitar, y donde nosotros caímos medio de casualidad, pero con mucha alegría por poder ver la diferencia entre la capital de uno de los departamentos cafeteros, y un pueblito del mismo.

 

El pueblo es pequeñito, y nos recibió con un desfile que nunca terminamos de entender si era una marcha LGBTI, o propaganda de algún alcalde, ya que unas personas nos dijeron una cosa y otras otra.

 

Ni bien llegar, nos encontramos con Francisco, el tío de nuestro amigo de Manizales y con quien congeniamos enseguida. Nos invitaron un granizado de café, y Francisco nos regaló mandarinas que disfrutamos antes del café (no, no nos fuimos por el caño, por si se lo estaban preguntando). Hablamos de nuestros respectivos viajes, porque éste señor también fue un viajero que recorrió varios países y actualmente escribe relatos, a modo de hobbie, sobre ellos y sobre la cultura Colombiana. Su sobrino nos permitió el gusto de escuchar uno de sus relatos y valió mucho la pena, ya que vienen cargados con ese tono directo sin anestesia del que disfruta con total libertad y sin miedo a ser juzgados, la gente mayor de cierta edad… y eso, es algo que se extraña mucho en estos tiempos, donde la censura y auto-censura están a la orden del día.

Por supuesto que quedamos en juntarnos otro día con Francisco, antes de irnos del pueblo, y así lo hicimos luego.

 

Ok, pero al final ¿qué hay para ver en Chinchiná?

 

 

Bueno, a decir verdad no es el pueblito tenga grandes atractivos, pero te permite disfrutar de ese toque de pueblo que tanto se extraña a veces, por ejemplo, nosotros estábamos sorprendidísimos que todos los días, tanto a la luz del sol como de la luna, la plaza principal estaba literalmente LLENA de gente, y además los sábados ponían juegos inflables para que los niños pequeños jugasen, y por supuesto, ese día se llenaba un poco más, pero sin grandes diferencias con los días de semana porque resulta que esta plaza era el principal entretenimiento del pueblo. Oficiaba también de punto de encuentro, y frente a ella estaba el bar más popular de Chinchiná donde los hombres se juntaban a jugar al pool, o en su defecto, a tomar afuera mirando como los demás jugaban.

 

 

Además, si algo llamaba la atención de la plaza (además de la cantidad de gente) era esa taza gigante que se encontraba ubicada sobre un extremo.

Según nos contaron, un mes atrás de nuestra llegada, Chinchiná entró en el récord Guinness con la taza de café más grande del mundo, y ese día se repartieron 22.000 litros de ésta infusión tan típica de Colombia.

 

 

Y ya que estamos relacionando Chinchiná con café, este pueblo es donde se ubica la fábrica que, según los propios colombianos, produce el mejor café instantáneo del país, que es la correspondiente a la marca «Buen día».

 

Y como cereza del postre, este pequeño pueblo nos mostró justo lo que queríamos ver: con salir a caminar apenas un poco por las afueras del pueblo (y no tan afueras) pudimos ver las plantaciones de café sobre la vereda, al alcance de la mano… mano que no se resistió y tomó unos cuantos frutos de café rojos, para intentar luego producir nuestro propio café (aunque Joy del futuro nos informa que dejaron los frutos muchos días en la mochila y se pudrieron antes de poder convertirse en humeante café).

 

 

Fue también cuando aprendimos el significado de “café seleccionado”; siempre que vean en un paquete de café estas palabras, significa que el café que están a punto de consumir, fue cosechado por manos humanas, que recogieron los frutos de café de forma manual, procurando arrancar solamente los que estuviesen rojos o amarillos.

 

 

 

Esto hace que el café sea recogido en su punto exacto de madurez, produciendo un mejor producto final, a diferencia de las cosechas que se realizan con máquinas, las cuales arrancan todos los frutos, inclusive los que están verdes, perdiendo entonces calidad a la hora de consumir esa taza de café que llega a tu mesa.

Según nos dijeron, la mayor parte del café brasilero se cosecha máquinas, siendo que el de Colombia se suele cosechar más de forma manual, manteniendo un nivel de calidad mayor.

 

El recorrido en busca de café nos llevó también a apreciar lindos paisajes donde las plantaciones de café se extendían hasta donde la vista alcanzaba a ver.

 

 

Aunque la verdad, es que si la idea es sólamente ver las plantaciones, no necesitan caminar tanto… desde el mismo pueblo pueden llegar a ver las plantaciones a lo lejos, y darse cuenta que el pueblo está, literalmente, rodeado de café.

 

Nuestra despedida de Chinchiná fue, cómo no, de la mano del señor Francisco, quien no sólo nos regaló un frasco de café instantáneo «Buen Día», sino que también nos invitó un café y nos dió sus datos para mantener el contacto. 

Además, nos llevó a una tienda en el pueblo donde procesan el café, y una amable chica nos explicó el procedimiento del mismo (lamentablemente estaba prohibido filmar o sacar fotos). El procedimiento es muy largo y la memoria puede fallarme si les tuviera que explicar todas las etapas por las que pasa el café, pero déjenme decirles algo que me quedó muy claro: después de conocer el procedimiento por el que tienen que atravesar los frutos de la planta de café para terminar en nuestra mesa, vamos a ser capaces de valorar muchísimo más cada taza que nos tomemos.

El proceso es realmente largo y requiere de mucho conocimiento para poder sacar las distintas variedades de café que existen en el mercado.

Un dato que me pareció muy útil para la vida diaria, fue saber que cuando el grano de café está más tostado, hace que la infusión sea más amarga, y cuánto menos tostado es, la misma es más ácida; ahora finalmente voy a poder elegir un café que se adapte a mi gusto cuando lea «tostado medio» y cosas por el estilo.

 

Nosotros por nuestra parte, intentámos agradecerle a Francisco dándole un librito artesanal con relatos que escribí hace algún tiempo, si bien sentímos, una vez más, que nunca vamos a poder agradecerle lo suficiente.

 

 

 

Nos fuimos de Chinchiná con frutos de café en la mochila, nuevo conocimiento en la cabeza, y amigos invaluables.

 

Ah, y casi me olvido, también con un heladito de ananá que nos regalaron dos señoras que al vernos pasar con la mochila nos empezaron a gritar para endulzarnos la tarde.

Por favor, ignoremos el hecho de que cuando quise tomar el mio, con la brutalidad que me caracteriza, terminé tirando enterito el helado frente a la señora que se reía y me gritaba «no pasa nada, no pasa nada».

 

Nos espera la ciudad que todo colombiano va a recomendar a cualquiera que vaya a Colombia… aquel lugar en donde la gente se autodenomina «Paisa» y el uso de la palabra «parcero» (o «parce» para más confianza) es la moneda diaria.

 

Pero una vez más, nuestra opinión va a terminar siendo opuesta a la de éstas recomendaciones que nos llegaban con tanta seguridad.

 

Medellín no sería una fea ciudad, pero no colmó nuestras expectativas.

 

autor
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

borrar formularioEnviar